21 de noviembre de 2010

Pequeña muerte

Sácame los ojos a base de otro,
esquívame cuando te hable,
tírame al saco de objetos perdidos,
recógeme de entre la mierda
para que descanse limpio.

Sacúdeme los polvos que se hicieron viejos,
bríndame cada beso que malgastes,
tortúrame pintando esos ojos de arte,
recuérdame si te das la vuelta en la noche
y ves que ya me fui.

Dedícame algún pensamiento bonito,
húyeme si ves que te persigo en los sueños,
descúbreme si te espío entre las sábanas,
piérdeme tú si yo sigo sin perderte
y dame paz.

19 de noviembre de 2010

III. COLISIÓN DE AMOR

Llegó con la imperiosa necesidad de conocer su reacción. Llevaban dos largos meses sin verse. En la calle llovía como si el mundo llevase vidas enteras vagando sediento por el desierto. Al entrar, se quitó la gabardina empapada y la colgó junto a las demás en el perchero. Su corazón palpitaba a la velocidad de un rayo. Quería escapar de su pecho en cada latido. Ese músculo que bombea sangre y se ahoga de amor, azotaba ferozmente sus ya marchitas costillas. Echó un vistazo al fondo de la sala, dónde se reunían en torno a una mesa los amigos que tenían en común. No la vio. Se acercó envenenado de incertidumbre. Al llegar a la mesa, sus amigos le saludaron efusivamente. Nico, sin embargo, sólo podía centrarse en buscarla. Y como quién busca, encuentra, la divisó sentada frente a él. Sofía le miraba sin pestañear. Sentía una fuerza incontrolable desde lo más profundo de su ser, que se moría por saber cómo le había ido. Qué había sido de él en esos interminables meses de otoño. Nico se acercó a ella y la saludó cortésmente, con un beso en cada mejilla. Parecía querer marcarla cada vez que sus labios tocaron su piel.

Entre miradas esquivas e inocentes roces bajo la mesa, terminaron la cena sin decirse nada. Nico salió afuera a fumarse un cigarrillo. Ya no llovía. Tras dar un par de caladas, se abrió la puerta del restaurante. Era Sofía, quién cargada con un mechero y su habitual Marlboro, irrumpió pisando la húmeda noche que cubría el asfalto. Ahí estaban, plantados bajo el cielo entechado, escupiendo el humo lo más lejos posible. Ya habían perdido demasiada salud a causa del otro.
Finalmente se lo contaron todo. Hablaron de sus trabajos, de cómo les había ido por separado, incluso de sus fallidos intentos por rehacer su vida. Pero por mucho que Nico lo intentase, a cada palabra que soltaba, su mirada y sus deseos sólo podían dirigirse hacia los labios de Sofía. Y ella, hacía lo propio. La idea de tenerlos tan cerca, de querer devorarlos entre ternura y hambre, de no poder tocarlos, a Nico le quitaban minutos de vida. No podía comprender que hubiera barreras más fuertes que el amor. Siempre pensó que con eso bastaría.
Pasó media hora sin que ninguno recordase la excusa del cigarrillo. Esos treinta minutos de contención obligada más tarde le costarían a Nico una úlcera. El esfuerzo que hacía por no besarla sólo era comparable al de ascender y descender el Everest siete veces. El mismo número de ocasiones en que optó por derribarlo todo y ahogarla con un beso. Pero logró resistirse. Sofía entró dentro, pero Nico quiso tomar más el aire. No se sentía con fuerzas para volver al interior, así que decidió marcharse.

Caminó pensativo hasta el garaje. Allí subió en su descapotado utilitario y emprendió la marcha de vuelta a casa. Llevaba la radio apagada y sólo escuchaba la música que le ofrecía la calle. Pensaba una y otra vez en Sofía, en cuánto la seguía amando y en cuánto daría por tenerla de nuevo entre sus brazos. Se lamentó por tantas veces que la descuidó. Envuelto en el recuerdo de un pasado mejor, siguió circulando por las calles de insomnio de Madrid. De pronto, salió un coche de la nada y se aproximó a toda velocidad hacia Nico. Sin tiempo a reaccionar, fue testigo de cómo le embistió por el lateral. El ensordecedor ruido de la colisión silenció hasta el crujir de las nubes. La noche se quedó muda. El corazón de Nico, aquél que tanta guerra daba cuándo sentía cerca el corazón de Sofía, se quedó mudo también. Tanta censura hacia sus impulsos y pulsiones, acabaron por apagarlo.

10 de noviembre de 2010

Insomnio

Si no es tu piel morena la que me abraza,
que no me abracen.
Si no despierto devorado por tu perfume,
que no me despierten.
Si tus ojos blancos no me vigilan en la noche,
que no me vigile nadie.

Pero si decides quedarte hasta el alba
y olvidas tus miedos afuera
y callas tus labios de rabia
y juras mirar sólo al frente
y gastas tus besos en mi cama,
entonces quédate.

Pero si decides quedarte hasta el alba
y te acuestas con tus miedos
y tus labios escupen rabia
y tu mirada anda de espaldas
y guardas tus besos en otra cama,
entonces márchate.

Y si te quedas o si te marchas,
siempre recuerda
que mi noche contigo empieza
y en ti acaba.

9 de noviembre de 2010

II. CORAZONES TUERTOS

Ahí estaba él, empedrado como una baldosa más. La pared de la cocina helaba, sin embargo no podía sentir el frio. La luz a penas le permitía reconocer la silueta de esos labios obcecados. Se acercaban como hachazos en la noche. Como dando bocados al tiempo. Frente a ella, resistirse parecía una utopía. Apretó sus puños y sus dientes, y procuró dirigir la mirada hacia un lugar seguro, allá donde no le encontrasen esos decididos ojos verdes. Los mismos que antes eran capaces de llevarle a la cama con un solo pestañeo, ahora se empleaban con más ahínco en su empecinada labor. Esquivó la primera embestida, pero ceder el cuello fue inevitable. Ella le mordía como si se fueran a acabar los besos. Eran las diez, y las agujas del reloj querían saltarse las horas. Nico lo tenía todo en contra. Amarrando sus labios a su rostro se dejó llevar hasta el sofá. Allí se encontró semidesnudo, con las piernas de Sofía impidiéndole cualquier escapatoria. Se esculpían a suspiros. Sus labios jugaban a no enredarse, pero sin perderse de vista. Llegó la segunda embestida. Entonces a Nico se le subió el frío desde donde lo tuviese olvidado. Recordó cuantas veces sus labios no alcanzaban a besarla, y la esquivó de nuevo. La hizo a un lado, levantó sus Levis desteñidos del sofá y encendió un cigarrillo que dejó atraparse. Sofía recogió su suéter y salió de un portazo. Nico miró por la ventana y sólo quiso cerrar los ojos.

De pronto los abrió como si acabase de entender la vida. Pero no fue eso. Tiró el cigarro al suelo, lo pisó y salió a toda prisa hacia la calle. Allí estaba Sofía, subida en su coche y poniéndolo en marcha. Metió la primera y aceleró rumbo a sí misma, con la intención de no volverse nunca hacia nadie más. De un salto, Nico se plantó frente al coche. Fue el pie de Sofía y no su deseo quién frenó. Él abrió la puerta, la cogió de la mano y la sacó del tirón más delicado que jamás hayan dado. Plantaron sus ojos frente al otro. Entonces sus bocas quisieron emularlos y se acercaron hasta rozarse con un "te quiero". El beso y la manera en que hicieron el amor esa noche, sólo lo podría haber evitado la razón, de dos corazones tuertos.

2 de noviembre de 2010

Gran Vía, Tú y Yo

Desnuda como la vida sin ti,
desnuda como la noche contigo.
Barrimos los rincones de Madrid
en busca de cualquier enemigo.

Hemos violado cada esquina,
enterrado la vergüenza.
Hemos compartido secretos
con farolas de poca inocencia.

Hemos pintado las paredes de rojo
y el cielo de azul.

Cada boca de metro
tocaba su melodía.
Cada paseo empedrado,
cada marquesina cotilla
desnudaba a la gente
que recorría Gran Vía.

Ayer esquivamos los ojos que juzgan
y abrazamos las sonrisas que miran.
Hoy caminamos calles, plazas y avenidas
y encontramos nuestras vidas perdidas.

Hemos pintado las paredes de rojo,
y el cielo de azul.