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Mostrando entradas de enero, 2011

Veneno

Descompuse los días del calendario
buscándote.
Escavé cráteres en la luna menguante
rastreando tu vida.

Aventajé a la corriente del río vedado
para sanar mi veneno
llamado tú.
Rasgué las cicatrices secas del pasado
tratando de reencontrar
mi sangre.

Y tu boca se llena de palabras bonitas
y mi ilusión se enquista en tu bondad.

La perdición al caer de una barrera alta
es sólo comparable
a la vergüenza
de no atreverse a escalarla.

Y mi perdición,
llamada tú,
me busca entre los huecos de las horas.
Y entre la constelación de tus lunares,
mi perdición,
me pierde.

Ratos y veces

A veces te pienso
a ratos pregunto
la opción
de un desastre
la verdad
de mis miedos.

A veces te miro
no me desgasto
te agarro
de un muslo
te bebo
de un pecho.

A veces despierto
no siempre sueño
me pierdo
en tu boca
me pierdo
en tus besos.

A veces entiendo
y otras no
A veces te busco
y a ratos
te encuentro /
y no.

Jugando al escondite

De mí conoces la tristeza
de una prosa,
no los versos de personas
que no entienden de derrota.

De mí conoces el auxilio
de un instante,
no los sueños de infinito
que de tiempo nada saben.

De mí conoces las miradas
enjauladas,
no momentos de verdad
que sienten, ríen y aman.

De ti conozco la razón de una sonrisa,
de tus labios, de tu pelo,
de tu cuello, de tus ojos,
de tus pecas y tu hoyuelo.

Pero a ti no te conozco.

De ellos no espero que se arrojen por un puente,
que admiren y no juzguen,
que se maten por salvarte,
o que forniquen en la nube.

Pero a ti no te conozco.

De nosotros anhelo la caricia de tu viento,
no que sigamos sus horarios,
ni que aceptemos sus barreras
o que creamos en sus cuentos.

Y que no nos conozcan.

Delirios de madrugada

Que no me sacio si no me coloco con tu cuello
y recurro a la pintura creyendo que voy ebrio.

Que no te pido que me arranques tú los besos
si no tengo complejos y los arranco yo primero .

Que no se junten tus hierros con mis hierros
y nos fundan los focos en un charco de sexo.

Que la mañana llegue pronto antes que tarde
y así las horas ciegas no ardan en mil deseos.

Que la pasión ni la inventé yo ni la descubres tú
pero esbozamos sus trazos más allá del edredón.

Que no hay perdón, ni excusa, ni mayor traición
que marcharme sin devorar todos tus lunares.

Que mañana repetimos si mantienes la sangre
y te afilas los dientes y te mueres de hambre.

¿Retratos de infancia?

Las manos marchitas de quién no fue niño
son los pecados de quién no fue hombre.
Los ojos hundidos de quién vive huérfano
son bolsillos llenos de al que nada le falta.

La canción de un recuerdo que se empapa vacío,
el olvido de un sueño mojado que se seca triste,
la mirada de un espejo camuflado de otro rostro,
los segundos del presente que quedaron atrás.

Dime dónde naces y te diré cuánto puedes soñar.

La sonrisa que murió por el camino,
las lágrimas que el orgullo te borró,
los besos que cayeron del árbol al suelo
sin parar por tus labios,
sin decirte te quiero,
sin jugar a ser besos,
sin creerse ser labios.

Dime dónde naces y te diré cuánto puedes soñar.

La madurez llegó a tu hogar que no es hogar
y la vida te apartó del plato de inocencia
para inyectarte la dosis de dura realidad,
que no es realidad,
que no es infancia,
que no es vida,
que no es justo,
que no es nada.

Dime dónde naces y te diré si mereces soñar.

IV. CUADRO MANCHADO DE POLVO

El silencio de luto inundaba cada partícula de hormigón. En la sala doscientos diez entraba la luz del atardecer por unos grandes ventanales. Los quemados rayos de sol también iban al hospital aquella tarde para curarse las heridas. Nico llevaba tres días en coma. Descansaba en una cama de sábanas vírgenes, con un collarín protegiéndole el cuello y un aparatoso montaje de poleas que le mantenía la pierna izquierda en alto. Sus párpados le encerraban en ese mundo de sueños apartándolo de la realidad más que nunca. Su respiración parecía casi callada. Frente a él, rodeado del tono gris de los que van a morir, había un cuadro apoyado en una repisa. Lo llevaron la noche anterior. No podía verlo, pero lo sentía. Percibía sus colores alegres, sus trazos de orgullo y pasión, sus kilos de vida manchando el lienzo.
Dos años antes, Nico empinaba el codo con su tercera taza de café. Se estrujaba la cebollera frente al ordenador tratando de escribir un artículo que debía mandar esa misma noche.…