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Mostrando entradas de septiembre, 2013

Dulces ojos oscuros

Tengo un miedo a no verte,
que me impide clavarte los ojos.

Pero ocurre que, cuando bajas la mirada
y la dejas caer en mí,
la noto en mi nuca,
como un clavo ardiendo,
más tallo de flor,
que hierro quemado,
pero ardiendo.

Y levanto la vista
y rapidamente te encuentro,
no sólo al lado,
sino en algún lugar más lejos,
y como si no existiera el tiempo,
enseguida aparto la mirada,
y me pierdo en nada,
sin darle sentido a los ojos,
o a algo más bello a lo que mirar.

Es entonces cuando guardo silencio,
tu piel morena me resulta cálida,
cercana como los bonitos recuerdos,
tus manos, tan artesanales,
tan como deberían ser las manos,
recogen algún cabello tras tus orejas,
sonríes y es inevitable
que yo sonría también.

Pero tengo un miedo a no verte,
que me impide clavarte los ojos.

Epitafio a los ojos más bellos

Ya nadie me mira de esa manera,
quizás yo perdí a dónde mirar;
la otra noche,
miré fijamente a los ojos,
y el embrujo vibró,
por un instante;
pero no tenía el infinito tiempo,
que albergaban los ojos de Mariu,
cuando detenía la mente y todo,
entre nuestros iris de nubes rosas.

Y hoy en un sueño, los ojos de Anael,
se detuvieron en mí como antaño,
frágiles y entregados
a cualquier causa perdida,
delicados como la primera lluvia.

Es por eso que tanto añoro,
tener ojos para mirar;
con la mirada perdida,
o escondida en el suelo o el cielo,
no encuentro ojos que me salven.

Recuerdo aquí los grandes ojos de Clara,
examinando con devoción mi misterio de piedra;
o las ventanas del mundo triste al real,
que se abrían en el rostro de Lídia,
cuando un poema brotaba de mis ojos,
antes de ser escrito en las calles de Madrid.
Y los ojos de Laura, también grandes,
azules como el mar,
o como Olivia Pazos esperando en el puerto,
al borde de la lágrima, pero feliz.

Quizás sean tantos y tan bellos mi…

Señorita Viaje

Vida y muerte, que no os engañen las letras,
es la misma palabra,
la vida, la continua muerte,
sentado en el presente,
observando, sintiendo,
dejando estar,
todo muere ante los ojos,
sobre la piel,
en el aire,
todo está muriendo
mientras el testigo observa
desde su propio cuerpo que muere,
desde su alma que nunca dejó de volar.

Por allí camina el Señor Futuro,
proyectado como un cinematógrafo,
en mi mente que lo enciende,
y mi cuerpo tejido de Don Pasado.

¡Ay, la humildad del que se sabe humano!
En su mirada encogida en preguntas,
entre los hombros altivos.


Vida y muerte del viejo Walt

Como membrillo sentado frente al pasto,
el viejo árbol florece de oro dulce,
tres pequeños conejos cruzan frente a mí,
les saludo y sonrío,
muerdo el fruto con ambas manos,
sin perderlo de vista,
los tres pequeños se pierden,
la montaña, a lo lejos,
prevalece en la neblina y reina la meseta,
el viejo sur, el sur olvidado,
hallo descanso entre espigas de sol.

El tren de las ocho, siempre puntual,
rumbo mississippi, a los campos de algodón,
el viejo walt bajó del monte invierno,
toca su armónica sin más prisa que el tiempo,
la vieja cabaña, el viejo río, el viejo walt.

Un café en envoltorio de madera fina,
los segundos, tic tac, tic tac, tic tac,
del ámbar al verde, el camino abre,
los carros chirrían su humo negro,
respiro, o abro la boca y dejo entrar,
el café cae con intención,
tic tac, tic tac, tic tac,
el reloj marca puntual las ocho,
la gente camina bajo la sombra de las torres,
de madera podrida hasta gris metal,
ventanas cuadriculadas y caminos paralelos,
el viejo barbudo, el v…

Pink Rabbits

Son tan frágiles mis manos,
cuando imaginan el tacto de tu piel,
y tú sonríes, desnuda sobre la cama,
y tu pelo te parte el hombro izquierdo,
como señalándolo,
como haciéndome señales para morder,
y lo beso, una, dos, tres veces.

Tu espalda, nunca la imaginé tan bella,
y ese lunar que tienes,
que me parte la percepción de todo,
como señalándome,
para que nunca lo olvide.

Lamento no haberte conocido nunca,
pero esa es mi mayor esperanza,
saber que me queda todo por conocer,
que tus manos sobre mi barba,
serán más manos y menos espejismo.

Imagino que lloro apoyado en tu vientre,
y que acaricias mi cabellera sin hablar,
y que con sólo tu mano sobre mi sién,
basta para que en mí todo se calme.

Pero sólo imagino, porque no te conozco,
pero es cómo si no hubiera nada de ti,
que no me vaya a gustar.

De nuevo me inundo de fantasía,
pero te escucho a lo lejos,
sincronizado con la música que escuchamos,
cada uno en una habitación distinta,
que está menos vacía desde que te pienso.

Pero no te conozco, ni falta me hace,
porqu…

Abraham el Judas

Encuentro la grandeza de todo,
en la parte más baja de la línea blanca,
junto al suburbio de terror y pánico,
vestido con prenda de hielo.

La luz que atraviesa mi vientre,
no es luz sino vientre,
no es perdón sino abrazo,
al borde de la locura.

Diluvios de hojas secas que caen,
hasta abatir mis cicatrices,
en delicados hilos de algodón,
recogidos en frío invierno.

Ya no hay ya sin mañana,
ni hubo ayer sin hoy,
montañas y nubes de rubí,
afloran en mi memoria.

La fina línea que me separa del todo,
abochornada por la nariz sin olfato,
allá sueño con la jarra de agua,
y me ahogo en barro.

Un rayo de luz asoma a la ventana,
me asomo y nada veo,
no participo de su llanto ardiente,
detenido en mi cuna sin seno.

Constante primavera que nunca falta,
la llama del deseo que se atraganta,
en un campo de inhóspitos cerezos,
la noche nunca encontró un camino.

Me detengo al borde de la locura,
la miro a los ojos y sonrío,
dónde otros ven guerra, hallo paz,
dónde el terror acecha, oportunidad.

Desca…

Moaxaja a Tánger

Canta un espectro desde lo alto del minarete,
la mujer del niño duerme,
la calle alborota los rugidos de los autos en declive,
al fondo el mar descansa bajo lunas de mil noches.

Una pequeña vende pañuelos y regala sonrisas,
sus hermanos juegan al pegamento,
sin escuela y sin cuaderno.

La ciudad cae en cólera y hierbabuena,
los cláxones sacan pecho y las mujeres,
descubren sus manos,
recitan tobillos sin adoquines.

Ojos de mil tamaños y un color,
felinos, indiscretos amantes,
la arena del este siguió a la estrella.

El perro ladra su ausencia,
el gato come pescado a medio podrir,
el puerto cierra y el mercado cae,
sube la marea de tierras contemporáneas,
sin el porvenir de la realidad.

El taxista sonríe y entona una fecuencia,
corta al viento y al prójimo en carril de arcilla,
el camarero sonríe,
con sus rostro serio, inmutable,
sonríe por dentro mientras sirve el café,
desde el azucar el vapor del vaso rebosa,
la cicatriz de una vida en desorden.

La mujer pasa, la mujer manda, la mujer que no lo es,
se permite e…