31 de diciembre de 2013

Mamografía


Yo me tendría que haber muerto,
el día que mi madre dejó de darme teta,
a los dos días de nacer.

Desde entonces todo ha sido una mierda,
constante,
y estoy cansado de siempre quejarme
y llorar
y sufrir
y morir en puta vida,
porque muerto estoy,
sin alma y sin voluntad,
sólo me queda este cuerpo
que se queja y escribe,
se queja y escribe,
se queja y escribe.

Miro a la vía del tren y no tengo valor,
¿pero cómo es posible?

¿No tengo valor para vivir,
y tampoco para morir?

Debo ser una broma de la existencia,
como todas las demás,
pero más seria,
y más triste y consciente.

Ojalá venga el tren
y me arrolle,
y me arrolle,
cómo nunca se atrevió a hacer;
ojalá venga pronto
y acabe con el tedio.

¿Dónde está mi teta?

¿Acaso yo no tengo derecho a mamar?

¿No fui un buen bebé?

Por eso te amo, madre,
te amo y te extraño porque me faltas,
desde mi segundo día.

Te amo,  mujer,
te amo a toda la que tengas pecho,
y des vida,
y ofrezcas tu seno a mi boca hambrienta.

Te amo y despierto
y las vías del tren son acero pesado
y mi vida también,
y sufro y no sufro,
imagino que sufro y es peor,
porque es más cierto.

Te amo, mujer,
te amo porque no existes
y me abandonaste al mundo
y el frío ganó.

Allá se acerca el tren de las dos,
cada vez más rápido,
y más fuerte,
y más potente hacia lo que queda de mí.

Que pase el reloj y se acaben sus horas,
porque no son horas ni nada,
porque no soporto el tedio,
y muero,
y muero sin nadie que me abrace.

Soy un niño, joder,
y nadie me enseñó a vivir,
nadie me preguntó si quería,
o si amaba la vida,
o si me amaba ella a mí.

Porque no, no nos engañemos,
me odio, como todo lo odio,
porque estoy solo y solo muero,
y no me queda nada cuando no estoy.

Rápido, más rápido,
tren inevitable,
arrebátame la sonrisa cuando escape,
no me permitas ser feliz.

Arróllame con tu fuerza,
con tu fuego hazme hervir,
y borra de este rostro triste la opción de esperanza.

Mátame ser inmundo,
te llaman vida y vida no eres,
sólo un tren cargado de muerte,
que alumbra mi posible adiós.

Arróllame, llévame contigo,
no soporto esta herida,
que tanto tarda en cerrar.

Aliméntame, dame tu abrigo,
en la noche hace frío,
y  yo no sé respirar.


13 de diciembre de 2013

La Gran Belleza

Para los buscadores de belleza,
los que miran al cielo;
para los que miran en las revistas,
o navegan a vela en mar abierto;
para los que pintan,
los que bailan,
o los que sueñan.

Para los músicos,
para los que sonríen al sol
o a la luna lloran;
para los vencidos,
los solitarios,
o los suicidas.

Para los religiosos,
o los místicos;
los sabios
o ascetas.

Para los artistas,
los creadores,
los pensadores,
los no pensadores;
para todo aquel,
que conserve un sentido.

Para los que alguno le falte,
para los muertos,
para los vivos,
para todos;
dejen de buscar,
dejen de pensar,
dejen de sentir,
dejen de hacer.

Sólo existe un acto,
que inevitable como el tiempo,
asegura la belleza:
hacer cosquillas a una mujer
y reír con ella.

10 de diciembre de 2013

El Desvirgado

Tac, tac, tac, tac,
el martillo pregunta.

Más, más, más,
me pide el tedio sin pausa,
la luz de la mañana a las dos,
el martillo en la cabeza,
tac, tac.

Paseo, el mar que antes era plano,
el transeunte que hace preguntas,
el olor a caracoles en salsa,
que sabe a todo y todo sabe a él.

La orquesta toca su juego,
la sala vacía, el vaso vacío,
alcohol, alcohol,
me clama una voz en mi cabeza,
tac, tac, tac, tac,
el martillo pregunta.

Una, dos, tres, siete,
los papeles sin más uso,
que evaporarse lo antes posible,
las muchachas llegan,
la música que se repite, y sólo las luces,
en paralela armonía me alimentan los ojos.

La música que se repite,
pam, pam, pam, pam,
el vaso que se vacía,
el vaso que se llena,
el vaso que ya no es vaso,
sino refugio.

Una, dos, tres, cuatro,
el tiempo que olvida su paso,
mi cabeza que cae,
la bebida que pesa,
y uno, dos, tres, cuatro,
Amal camina hacia su refugio,
al final de la sala decrépita,
dónde suena pum, pum, pum.

Silencio, el ruido cesa,
las demás chicas desaparecen,
los camareros y marinos,
los viejos, los jóvenes y los casados,
todos callan.

Amal sonríe,
habla delicado francés,
entre pum y pum,
el ruido le molesta,
dice que sigamos fuera.

Silencio,
Amal abre la puerta,
las mujeres en polvos salen del baño,
los casados entran,
salimos al aire,
fumamos, reímos, respiro,
apoyado sobre la pared,
escondido ante deslumbrante luz
en un sitio tan lúgubre.

Pam, pam, pam,
caminamos en silencio,
la noche acecha un posible error,
el portero reclama su parte,
el refugio del ascensor,
la calle fría, la gente fría,
nosotros,
con la temperatura aldente,
y el misterio sobre la piel.

Hablamos, Amal me asombra,
no es así cómo me habían contado,
yo balbuceo palabras en francés,
ella ríe, me mira a los labios,
hablas de sus estudios,
de la presencia del mal y del bien,
de la dureza del mundo,
de su optimismo.

Y Amal ya no es de pago,
cuándo le pido un beso,
y me lo entrega con gusto.

El silencio en la ciudad del caos,
la bruma del mar entre tierras,
las gaviotas, los consejeros,
todos fuera,
mientras Amal gime endemoniada.

Oui, oui, oui,
su mirada en mis retinas,
el olor a carne y canibalismo,
su piel de seda,
sus ojos, sus milenarios diamantes,
entre pestañas de negro carbón.

Oui, oui,
la noche pesa y el alcohol,
pero el cuerpo sigue,
y el banquete sigue,
entre las pausas de ternura
y las miradas clavadas.

Tac, tac, tac, tac,
el martillo pregunta sin piedad,
el amanecer de las dos de la tarde,
la hora abitual y la habitual jaqueca,
pero nada importa,
ni el tac, tac, tac,
porque Amal duerme a mi lado,
acurrucada en mis brazos,
siempre sobre su fina piel,
tiembla, sueña,
me agarra con fuerza,
tac, tac, nada importa.

Oui, oui, oui, repite la mañana,
mientras hacemos competencia a los martillos,
y nos besamos de nuevo,
y nos abrazamos con fuerza,
y nos miramos sin tiempo,
repetidas veces.

Tac, tac, tac, tac,
Amal se marchó y el martillo no,
la ciudad del caos estalla,
el sol, la brisa, el mar.

Amal se llevó el dinero,
mi corazón no, sigue helado,
pero con parte del suyo,
me recordó que ahí sigue,
y el martillo dejó de sonar.

5 de diciembre de 2013

Réquiem

Estas son las palabras de un muerto
cansado de morir y abatido de vida,
que eleva el tono de su estrecha agonía,
acariciándote en el recuerdo,
ausente en tus estallidos de luz,
abstracto y dividido entre cristales rotos;
que escucha los ruídos dónde solo habita,
desangrado en un charco sin voluntad,
abandonado sobre el yugo infinito,
que grita ayuda y suplica por tu sonrisa.

Es el muerto cubierto de fango,
que traga tierra y vuela desde la almohada;
sus sábanas son frías y sucias como sexo,
en la noche el silencio atraviesa su tráquea,
y él vomita sin levantar la barbilla.

Hablo del hombre consumido en mierda,
exiliado sin acreditación de un país sin vida,
que vaga solitario y hedoroso por ningún desierto,
que aullenta a los niños, apedreado,
mientras los pequeños diablos ríen sobre su tumba.

He aquí el viejo inmundo, el oscuro apartado,
el condenado al final de una fila sin fin,
que clama al cielo y al vidrio en formato de Dios,
para volver a verte, para volverte a sentir,
para declamar callado una vez más,
las palabras de un vivo que olvidó vivir,
y callar al muerto que murió con tu adios.

1 de diciembre de 2013

Desaciertos

Tiembla, tiembla
furioso enemigo,
de carne helada

Mi mandíbula se aferra a la aurora
al teatro de rostros sin vida
con ojos de anunciada muerte

Muere y huye a la eternidad
devastada de algodón y almanique,
en un refugio sin tiempo

Estalla el léxico de mi alma
en los estallidos de descanso y sábana
que rebosan de mercurio

Ya que a Dios o a cualquier enemigo
no le basta con el frío invernal
para arrebatar a los ojos su ausencia

Oh mi enemigo
deténme entre la espesa niebla
que permite mi paso sin invasión

Y que al azul del cielo
o de alguna ciudad inerte
le susurren algo dulce sin ánimo de lucro

Que tiemble el propio susurro
y la luna disuelta
y la emoción en alfiler

Ya es hora del hijo bastardo
el mayor fruto del mundo enfermo
vestido de arlequín y arrodillado

Los uniformados caminan en sus uniformes
despenalizados de pensamiento
o de una mirada sensible a la lluvia

Y la caja sigue sonando palabras
excesivamente informantes
entre luz sin sentimientos

Y por fin cae el tedio
como anestesia
para mis ojos cansados.