24 de diciembre de 2014

El ladrón de bicicletas

Me gustaría correr sobre un puente como en Jules et Jim.

O que se detenga la historia y bailes Moonchild como en Buffalo'66.

Pero mi vida no es ninguna jodida película,
mas bien parece una montaña que subo de espaldas sin saber cómo.

En todo caso, mi vida sería una canción,
triste, melancólica,
con un fondo negro siempre a punto de engullir a un punto de luz.

A veces sucede, que me encierro en ese diminuto punto,
y me creo que estoy en una jodida película.

Luego continúo con mi apática existencia,
esperando como una estatua en un museo,
a que llegue el momento de salir a la calle,
y beber decadentemente
con mis amigos los gatos.

Beber me gusta, como imaginar,
o trazar un plan para compartir mi pequeño punto de luz,
lentamente, pero sin pausa, entre guión y rodaje,
rodaje y guión, y así poder seguir sobreviviendo.

Mi vida no es una jodida película,
aunque me gustaría que fuera tierna y multicolor,
como la escena inicial de Le Mépris.

Y es que no, no lo olvides,
mi vida no es ninguna jodida película,
pero me empeño en buscarte,
imaginarte, escribirte,
escoger a una actriz que me recuerde a ti,
para tratar de hacer películas que se parezcan en algo
a cómo me gustaría que fuera mi vida,
si mi vida fuera como una jodida película.

Me gustaría ser Casper, acabar lo que aquí me retiene,
y si no te encuentro, salir volando.


17 de diciembre de 2014

Desnudo

Todo cuanto he tenido se haya muerto.

Rayos de sol, ondas en los estanques,
nubes rojizas en el adviento.

He enterrado mis promesas.

He vaciado mis recuerdos
de tanto usarlos.

Caricias, lunares, pieles innombrables,
susurros caídos en desgracia.

Y sólo ahora, a la luz de la luna llena,
he encontrado el silencio.

He sepultado al miedo
al borde del abismo.

He reído.

He escrito tantas notas de suicidio
que la muerte me perdió la pista.

Gloriosas montañas, ríos de cristal,
lluvia suave como el aire.

Todo cuanto he tenido se haya muerto.

Y al dejarlo morir, entre mis brazos
agonizantes y desnudos,
he sabido:

Que nada nunca tuve.

5 de diciembre de 2014

Drogas que gritan

Al mirarme al espejo,
encuentro al tú.

¡Neptuno! ¡Neptuno!

¡Dame tu suave sosiego!

¡Neptuno! ¡Neptuno!

¡Inunda de agua mi mar!

Y a Nosotros;
y a Vosotros, 
encuentro en mi todo.

¡Dulce canal, la mar!

¡Bésame, bella tú que imagino,
tus labios de sal,
tu sol de granito,
me brillan las ganas de amar!

¡Neptuno!

¡Oh! ¡Perdido Neptuno!

¡No quiero encontrarme,
no quiero estar;
no quiero ser definición,
en tu estrella de mar!

¡Neptuno! ¡Neptuno!

¡Dilúyeme!

Tu droga me calma;
tu abismo de dulce,
me hace volar.

¡Neptuno! ¡Neptuno!

Sólo tu sed...
sólo tu aroma...
sólo tu libertad...
sólo tu confusión...
sólo tu perdón...
sólo tu risa...
solo y tu llanto...

¡Neptuno!

¡Neptuno!

¡Sólo tu olvido,
me consigue hacer olvidar!

27 de noviembre de 2014

SOBRE LA DEMOCRATIZACIÓN DE INTERNET

Creo que es muy necesario que los agentes culturales adapten su capacidad de crecimiento a las posibilidades de difusión que les ofrece internet. Lo mismo ocurre con lo que debe realizar la democracia para reinventarse, y llevar la voz de cada ciudadano a la toma directa de decisiones que afecten a la sociedad. Por ello, propongo crear un proceso de diálogo que englobe a usuarios, agentes culturales, círculos políticos y a las empresas de comunicaciones, con el fin de plantear un marco estatal, aunque con miras globales, para la regularización de la red, con la plena defensa de la privacidad individual, así como del disfrute de los derechos de los que gozamos en la vida civil fuera del ámbito de internet. Es, en definitiva, la apertura de un proceso constituyente para la democratización del acceso a la red.

El acceso a la cultura debe estar al alcance de todos, con independencia del poder adquisitivo de cada uno, y de una forma que mantenga la posibilidad de crear nuevos contenidos diversos y de calidad. Para encontrar este equilibrio, es imprescindible que tanto agentes culturales, como usuarios, entiendan la necesidad de dialogar profundamente sobre ello, y comprendan la importancia de un cambio de paradigma en el uso de internet. Los primeros, con el fin de disponer de medios que les faciliten la creación de nuevos contenidos culturales, y los segundos, para disponer de acceso a dichos contenidos de manera universal, y con plenas garantías sobre la diversidad, dignidad y calidad de las nuevas obras.

Una vez que los usuarios y los agentes culturales sepan qué es lo que desean, y qué están dispuestos a ofrecer a cambio para conseguirlo, llegará el turno de plantear juntos un nuevo diálogo al poder político sobre las medidas para la regularización de contenidos en internet, y de establecer unas condiciones de responsabilidad entre los usuarios, y de viabilidad económica con las empresas de comunicaciones y las instituciones públicas.

Internet es una ventana maravillosa desde nuestros hogares hacia millones de ventanas más, pero como ocurre con las neuronas de nuestra mente, apenas somos capaces de imaginar las infinitas posibilidades que nos ofrece para el progresivo bienestar y desarrollo de la humanidad. Y lo que es más preocupante, si la gente no toma el control de internet, serán las grandes corporaciones quienes lo hagan, y acaben, ahí también, con las garantías democráticas del conjunto de los individuos.


18 de noviembre de 2014

Imperialismo crónico

Si se lo quieren quedar, que se lo queden;
mi vida, sólo yo puedo vivirla.

Si las riquezas del planeta,
las quieren todas para ellos,
suyas son, que las copen,
y a sus nietos las arrebaten.

Que acumulen todo bien material,
que transformen a las almas perdidas
en mercancía para sus intereses;
que esclavicen las vidas de aquellos
cuya voluntad sucumbe al exterior;
que yo me haré fuerte y libre
en la inmensidad del alma.

Que llenen las mentes con veneno,
que al deseo lo llamen necesidad;
que abunden en todo cuanto me rodea,
los llamamientos al efímero consumo;
que no podrán nunca invitarme
a que posea más que mi propio cuerpo.

Si lo desean, que dejen morir al hambriento,
y que lo deje morir yo también,
mientras sepa que el mundo muere,
y que mi mirada no permanece impasible, 
mientras olvida luchar por vivir,
ante la humanidad sumergida 
en este eterno baño de sangre.

10 de noviembre de 2014

Tu voz dentro de un sobre

¿Qué es lo que crece en mí, indefinible como el aire,
que me hace buscarte en todas las miradas?

Desisto, de buscarle unas palabras,
aunque ahora, como siempre, me contradiga.

¿Cómo se muere en primavera?

Te quiero. Te espero.

No sé, hasta qué punto perdí la cabeza,
pero qué libre me siento desde que no la veo.

Y pasan las semanas,
tan rápido,
que me pesan como días,
como horas.

Si tan solo supieras,
cómo se muere en primavera.

Te quiero. Te espero.

Y hasta lo racional, lo correcto,
se me cuela como justificación,
mientras escucho la música.

La suya, la del Arco Iris,
repetidas veces,
para acallar mi silencio.

Porque en mi silencio te encuentro.

Y miro al mapa.

Y no sé si imagino que a la vez que te encuentro,
tú me imaginas encontrándote;
y no sé si soy un iluminado, con brillantes visiones,
o si una falsa esperanza me aleja de la cordura.

Y de la primavera.

Y de ti.

Te quiero. Te espero.

Y la noche pasa, como siempre,
tan oscura como tu ausencia.

Y mi esperanza sigue creciendo,
tan irracional, que parece cierta.

Y entonces te comprendo, 
y sólo con saberte,
aunque parezca absurdo,
me siento satisfecho.


5 de noviembre de 2014

Comodidades

Vivo con la angustia de que una explosión
de los electrodomésticos con los que convivo,
cambie mi estado y lo transforme en ceniza.

La calamidad de un accidente
me provoca terribles visiones.

Y no soy yo, solo el que se marcha;
a veces, se me aparece la figura de mi madre,
en el instante antes de que su coche colisione.

Y veo a mi abuela, caer desmayada en el baño,
y yacer sin el inabarcable alma ya sobre su cuerpo marchito.

En mi mente atemporal y siniestra,
habita un monstruo que alumbra la fatalidad.

Y quisiera tantas veces alcanzar la libertad
que me brinda la ventana y su dulce caída.

Mas no me atrevo, y sufro ante la idea de quererlo.

Es sobre estas teclas que tratan de expresarme,
donde vuelco todo el miedo que hay en mí.

He de volcarlo, pues de no hacerlo,
las garras del pánico me atacarían sin pausa,
y por contagio al mundo entero.

Es por ello que he de sentirme un afortunado,
por no saltar por la ventana;
por no ver en la realidad a mi madre sin vida entre el acero;
por no recibir la noticia del adiós de mi compasiva abuela;
porque los electrodomésticos con los que convivo,
no se hayan atrevido aún a alcanzar a mi hipocondría.

Y sobretodo, soy un afortunado,
y descubro que el baile de las estrellas me acompaña,
cada vez que tengo la posibilidad de olvidar la razón,
con el abrazo que me brinda el sol en cada mañana.

Es en la calma de lo que subyace al miedo,
donde mi alma vive tranquila.

3 de noviembre de 2014

NO INCITACIÓN AL TERRORISMO

Me explotaba la saliva en un grito de auxilio. A penas eran las doce de la noche en la Plaza del Dos de Mayo, algunas niñas rechazaban su cariño por una bolsa de chucherías. Ya me encontraba borracho. Había fumado hachís y el mundo olía al dulce aroma de los vagabundos. Jaime asomaba por la ventana y pedía un mechero para encender el canuto de griffa, como así lo llamaba Leopoldo María, y como así la probaron tantos otros en todas las llanuras de mala sangre y peores hábitos. ¡Vivan, vivan los tesoros! Los barbudos bajan por las paredes persiguiendo mi esquizofrenia. Y los encuentro tan cómplices con lo que denominan en mí como razón. ¡Viva la música de Novák, por sonar de casualidad en esta habitación desahogada! Me voy a dormir, o a no hacerlo, porque no quiero seguir escribiendo.

Al despertar, a la mañana siguiente - ¡al Diablo! - pensé para mis adentros, mientras saltaba de aquel colchón desnutrido sobre el frío suelo de mi habitación. Los periódicos salían anunciando en su cubierta una reunión que cambiaría el mundo para siempre, o lo que es peor, que lo mantendría igual una vez más. Un grueso número de politicuchos, banqueros y amorales empresarios de las grandes corporaciones se reunirían aquel día para comer en un conocido restaurante de la capital. Allí, entre bocados de langosta y botellas del más caro champán francés, discutirían con superficialidad sobre el nuevo paquete de medidas que adoptarían para someter aún más a sus súbditos sin educación.

Y ahí supe, por fin, que aquel sería el día en que acabaría con sus sucios hábitos, y los borraría de las portadas de los periódicos, y de los comités de dirección y propaganda, que tanto asfixiaban los platos semi-raquíticos de todos los ciudadanos que perdieron la vida por trabajar, y por conseguir aquellas comidas de la vergüenza; y sus sopas de ajo, y arroz con patatas, serían sustituidos alguna vez, por aquellas langostas que degustaban los supuestos patriotas.

Me vestí de negro, como anunciando un luto, y tomé mi café mirando por la ventana, como cada mañana. Pero aquella no sería una mañana cualquiera, no para mí, ni para aquellos cadáveres que preparaban con ignorancia sus baberos para la que sería su última comida.

Al salir a la calle y enfrentarme con aquel sol de octubre, recordé que la noche anterior había estado bebiendo. Pero no, ese malestar en el cráneo no me detendría. Tenía un propósito, un noble fin con el más primario de los medios: el asesinato. Y nada lograría impedir, en aquella mañana que se antojaba normal para el resto del mundo, que suprimiera para siempre del mapa a aquel grupo de masones y ladrones sin escrúpulos, que habían hecho de nuestro planeta un lugar cada vez más hostil.

Llegué a la casa de mi amigo Lev Davídovich sobre las doce de la mañana. Me abrió la puerta en albornoz, con los ojos hinchados por el insomnio y el café, mientras sus incontables gatos maullaban, y se asomaban a la escalera de aquel edificio a medio tirar del barrio de Aluche. Me hizo entrar rapidamente, tras lo cual miró varias veces sobre el rellano buscando la mirada curiosa de algún vecino sin televisor. Sin mediar palabra, caminamos hacia el salón de persianas bajadas y un desorden propio del que fuera un antiguo mercenario ruso en conflictos del África meridional, que nunca fueron de importancia para mis compatriotas occidentales y sus medios de descomunicación. Y ahí estaba ella, la pequeña ametralladora UZI que Lev Davídovich me había conseguido para la ocasión, a través de uno de sus numerosos contactos del mercado negro de armas de la gloriosa capital. La sacó de su caja, que contaba más años que yo, y me enseñó cómo cargarla, cómo quitar el seguro, y finalmente, cómo disparar a matar. Sus gatos se restregaban contra mis piernas, como brindándome una respetuosa despedida hacia el más allá. Pero yo no creía en eso, yo sólo creía en lo que era capaz de ver y tocar con mis manos, como la miseria que ese grupo de muertos había causado a todos mis con-ciudadanos, que no tenían posibilidad alguna de coche lujoso, o de prostitutas de tres cifras, o de comidas en aquellos restaurantes donde se tramaba el destino del mundo, que hoy sería su cementerio.

Salí de allí con la pequeña ametralladora en el interior de una bolsa de una conocida cadena de supermercados, camuflada entre nabos y apios, que me dotaban de un color cotidiano y fuera de toda sospecha. Me subí al autobús que me llevaría a aquel restaurante del Paseo de la Castellana. Y allí estaba, sentado junto a todos aquellos que me tomarían por héroe, y que no se escandalizarían al conocer la noticia de la masacre que estaba por perpetrar, ya que con mi sublime acción, les liberaría para siempre del yugo del opresor, que les asfixiaba con su ignorante consentimiento. Pero entonces dudé, precisamente al preguntarme si a toda aquella gente trabajadora, no les resultaría una atrocidad la muerte de quiénes les gobernaban desde la sombra, con sus contratos familiares, y sus favores de amigos basados en el dinero, que no pagaban, como cualquier pobre ama de casa, sus solidarios impuestos. - ¡Pero qué importaba ya! - dijo una voz en mi interior - ¡Qué importaba si todos aquellos semi-muertos, que olvidaron vivir por una rutina, y por un sistema que tomaron por justo, qué importaba si no aprobaban mis métodos! - Yo les iba a liberar de aquellos parásitos con trajes más caros que sus sueldos, iba a liberarles de aquellos que esclavizaban sus vidas; y no, no necesitaba reconocimiento alguno para comprender la grandeza de mi misión.

El autobús se detuvo a la altura de la Plaza de Cuzco. Salí del aparato y crucé al otro lado de la avenida con mi bolsa de apios, nabos y ametralladora. Caminaba con gesto triunfante en mi rostro, como sabiéndome ya victorioso, por haber encontrado por fin un propósito noble en mi vida sin horizontes.

Al llegar al restaurante, dos chulos vigilaban su entrada. Los coches oficiales, con sus escoltas y cómplices, aguardaban junto a la entrada, en un callejón próximo, mientras fumaban sus cigarros y reían ajenos al baño de sangre que estaba por llegar. Pasé de largo frente a ellos, y junto a los conductores y sus vehículos tintados en el callejón, hasta detenerme bajo la puerta trasera de aquel restaurante, donde se apiñaban las cajas de marisco ya consumido, y que a la noche servirían de banquete para los que no tenían tantos contactos, o tantos billetes, para degustar aquellos bocados del Mar Cantábrico, que no les pertenecían.

Entré por la cocina, con mi bolsa cargada de nabos, apios y ametralladora, y los trabajadores que allí luchaban contra el calor de los fogones por servir un digno plato a sus comensales de etiqueta, no dieron cuenta de mi presencia, discreta, y quién sabe si real. La puerta giratoria que daba al comedor se balanceaba como la de un viejo bar del Oeste americano; el camarero iba y venía, con piezas de paladar exquisito, y botellas de champán y vermut, y cajas de cigarros habanos, y sobres con dinero. Y allí los vi, sentados sobre una gran mesa redonda, con varios escoltas vigilantes sobre las mesas aledañas; y comían, y bebían como auténticos cerdos, riendo y soltando pequeños trozos de oro negro entre sus dientes sanguinarios y avaros. Y allí estaban, regocijándose en su abundancia, sin ninguna percepción de toda la miseria que se amontonaba a las afueras de aquel restaurante, y que obligaba a las simples personas a prostituir su existencia por servirles a ellos, y a lo que sus ansias de dinero pudieran dictar.

Y yo no podía más; quería salir ahí, y dispararlos hasta aquella muerte que tanto temían; quería apuntar directamente contra su falta de verdadera fe, sobre su soberbia de saberse amos del mundo, antes de que llegaran al postre y decidieran reírse en la cara de todos nosotros, los que para ellos trabajábamos sin saberlo, más como siervos mecanizados, que como supuestos asalariados.

El camarero entró de nuevo por aquella puerta giratoria, se detuvo y se quedó mirándome. - ¿Qué haces aquí, muchacho? - me preguntó mientras sostenía su bandeja con restos de comida, que bien podrían haber servido de alimento para cualquier niño muerto de hambre en aquella África en guerra. No respondí nada, pero sentí en el interior de mi bolsa el peso del metal fundido para la muerte, y sentí cómo me llamaba, y oía cómo reían aquellos cadáveres en el salón, mientras ponían su dinero a salvo, y pactaban para acumular más y ser más poderosos, y tener más yoqueséquécosas, que tan felices les hacía.

El camarero, de pronto, estaba junto al resto de cocineros, y todos en silencio me miraban, mientras uno de ellos salía por la puerta trasera y parecía llamar a los chulos que había junto a los coches; y el metal del interior de mi bolsa temblaba y me llamaba, me suplicaba que acabara con toda esa farsa que reía gozosa entre cabezas de langosta muertas para la causa.

La bolsa se deslizó hacia el suelo entre las yemas de mis dedos, y los nabos y los apios caían, pero no la UZI que agarré con mi mano izquierda ante el asombro y los gritos de los que se encontraban en aquella cocina; y atravesé las puertas giratorias que me recordaban a las del Oeste americano, y me dirigí hacia aquella mesa, donde esos señores reían, y fumaban y bebían, y no eran por fin hipócritas, al poder mostrarse tan monstruos como eran entre compañía semejante. Y al escuchar los chillidos aterrados que provenían del interior de la cocina, los cadáveres me miraron con el rostro de la muerte. Y sus escoltas se llevaron las manos al interior de sus chaquetas, mientras se alzaban, protectores por dinero, con la intención de dispararme. Pero sus balas sólo empezaron a alcanzarme cuando mi ametralladora disparó contra el último de esos cerdos, que caían como los desnutridos del continente olvidado, o los parásitos del suyo propio, sobre las cabezas de langosta, muerta con anterioridad, para servirles el gusto que a mí me servían las cuencas de sus ojos sin vida, y su alma que me miraba tan ausente, como lo estaba antes de que las balas nos enterraran a todos.

EL INCESTUOSO BESO

Tuve un sueño en el cual perseguía a quien era yo en la infancia, y correteaba por un jardín junto a otros niños, con mis gafas rojas y mi melena rubia cortada al estilo de los noventa. Y mi niño no quería verme, no quería saber nada de mi. Yo, cada vez más exhausto, le veía mirarme, y veía su rostro enfurecido, y conocía la causa de su enfurecimiento mientras corría y corría sin darle alcance, sin más compañía en ese jardín, que ya no era verde ni alegre, sino un volcán de dolor y memorias borradas, que sólo osaban aparecer en los sueños.

En la espigada mesa que se estiraba sobre la terraza, frente a aquel jardín sombrío, afloraban las sonrisas y los comentarios complacientes entre señores y señoras de etiqueta, con quienes ningún parentesco me unía; y ahí estaban, sí, los niños sentados a la mesa, jugando y tirándose la comida los unos a los otros, y sonriendo frente a las palabras vacías de sus padres, que escupían apariencias y engaños como culebras atrapadas en burbujas de odio. Pero en medio de aquella mesa, justo en el punto que delimitaba a los niños de los que renunciaron a su niñez, nos encontrábamos mi hermana Juana y yo, y Juana tenía la piel suave y los codos al aire apoyados sobre  el mantel. Ambos mundos parecían quedar fuera de aquel cristal protector; como si la mirada que nos servíamos sobre aquella vajilla, formara una elipsis entre el mundo de la inocencia pura y el de la inocencia ya corrompida.

Entonces Juana se dejó llevar por la cabeza, en un sentido totalmente no metafórico, y su cuerpo le siguió por encima de la mesa de mantel blanco impoluto, y Juana se acercó hasta mis labios, y los míos se dejaron llevar por el efecto que causan los polos opuestos cuando se hayan cerca, y se besan entre dos mundos, con sus lenguas escapando de la frontera de sus labios, y recorriendo sus mejillas, y la parte superficial de sus párpados. Nuestras lenguas se perseguían, y se frotaban entre nosotros las gotas de agua divino, que al contactar con las lujuriosas carnes, se evaporaban en pequeñas partículas que sobrevolaban la mesa y caían sobre la cara de los niños, que seguían jugando, y se nivelaban hacia el  lado opuesto de aquella madera repleta de comida; y las pequeñas partículas caían sobre la carne decrépita de aquellos señores y señoras sin parentesco, pero que sin embargo eran nuestra familia, y detuvieron sus conversaciones absurdas, y callaron sus impulsos de hambre grasiento y podrido, y se quedaron de piedra antigua, mientras el crujido de sus cuellos sonaba por todo el jardín, cuando nos observaron devorándonos las caras, sobre aquella mesa que separaba aquellos mundos tan opuestos, y con repulsiva atracción hacia el peor de los polos.

Los viejos se indignaron y comenzaron a chillar y a discutir sobre ellos y a lanzarse reproches; y los niños detuvieron su juego al observar a aquellos señores y señoras, que gritaban todo su odio sobre lo que olvidaron tiempo atrás. Juana dejó de besarme, cuando uno de aquellos muertos la agarró por el brazo, y apartó sus labios de mi curiosidad. Y gritaron - ¡Incesto!, ¡Incesto! - con sus caras al cielo, como repitiendo un mantra que sólo ellos podían digerir, o como si un cortocircuito se hubiera adueñado de aquellos cuerpos acostumbrados a pudrirse. Y Juana me miraba, con mi saliva todavía posada sobre sus mejillas, y los demás señores y señoras recogían a aquellos niños, que empezaban a comprender lo difícil que sería volver a jugar como antes.  

LECCIÓN DE LIBERTINAJE

Había terminado de leer el tratado sobre libertad sexual que dejó escrito el Marqués de Sade en su Filosofía del Tocador, desde un banco de un parque cualquiera del Barrio de las Letras, cuando algo se apoderó de mis piernas, que cerraron aquellas páginas propagandísticas, y caminaron por la plaza de Santa Ana hasta el interior de una tienda de alimentación. Como era de esperar, había una china detrás del mostrador que miraba totalmente absorbida una serie de televisión protagonizada por sus con-ciudadanos. Me preguntaba qué era lo que hacía yo, detenido en mitad de aquella tienda, cuyo aire acondicionado sólo expulsaba calor húmedo y bochornoso, como recreando los arrozales del Sur de la República Popular; y no podía entender por qué mis piernas se encontraban clavadas en aquel suelo de granito, si no tenía voluntad, hambre, o dinero para comprar ninguno de sus productos de fácil adquisición. Y de pronto, apareció por aquel pasillo la ilógica razón que me había llevado hasta allí, tras finalizar la lectura del proceso de Eugenia por olvidar su moral burguesa y entregarse al deseo.

Y así la llamaré a partir de ahora: Eugenia, aunque su verdadero nombre debiera ser algo con más vocales y más uvedobles, y desde luego, mucho más monosilábico y oriental. Eugenia me miraba con sus ojos de tigre de mil siglos, detenida frente al estropeado, o nunca estropeado, equipo de aire acondicionado. Allí estaba, detenida como yo, sin encontrar el motivo por el que sus piernas la habían llevado hasta aquel punto, hasta ese extremo del espacio y del tiempo, donde yo luchaba por devorarme los deseos más ocultos, más animales, más inmorales para la gente digna que se hace llamar normal.

La madre de Eugenia aún observaba la serie de sus compatriotas en aquel pequeño y cuadrado aparato de televisión que había cruzado el mundo con ella veinte años atrás. Y la pequeña miraba a su madre, como buscando en ella la explicación a sus piernas de estatua, que frente a mí se erguían desnudas hasta entrar por el Sur de un delicado vestido de flores.  De pronto, un arrebato se apoderó de mi cuerpo y agarró por el brazo a la pequeña Eugenia, que sin emitir sonido alguno, se dejó arrastrar al exterior de la tienda de alimentación.

Y caminamos por la Calle Huertas, con la sensación de que algo terrible iba a suceder, algo sudoroso y sangriento, como un terremoto entre dos continentes, entre dos razas, entre dos mundos que se amaban sin saberlo. Llegamos por fin al callejón, y Eugenia seguía sin mostrar atisbo alguno de miedo o de terror, como si sus piernas caminaran sometidas por la misma fuerza que a mí me movía. Y solté su mano, para sacar las llaves del zulo en que vivía, sin importarme que a la pequeña y virgen le horrorizara la grasa que cubría los muebles, porque ella, como yo, se encontraba ahí para realizar algo más sucio que las paredes de mi decadente residencia.

Al entrar, detenidos frente al roído sofá que heredé de un familiar jamás visto en vida, Eugenia me miraba como si su rostro nunca hubiera tenido intención de nada. Entonces, aquella fuerza que me perseguía desde que leí la última página de aquel libro de Sade, se apoderó de mis manos y me dejó desnudo antes de que fuera capaz de impedirlo. Y Eugenia me miraba, y entonces sí, en sus ojos negros vi el deseo, vi la infinita profundidad de todos los agujeros negros, y de todas las lagunas de todas las mentes que fueron demasiado cobardes para no admitir sus instintos más primarios. Y Eugenia comenzó a desnudarse, frente a mi cuerpo de pose ridícula y vencida a cada botón que ella abría sobre su fino vestido de flores, que dejó caer al suelo mientras la líbido crecía entre mis piernas. Y Eugenia se desabrochó el sujetador, y dejó al descubierto sus pechos, que no debían contar más de quince primaveras, y bajó sus bragas de encaje liberando al dragón rizado que protegía aquel clitoris inmaculado y libre de cualquier fuerza no divina. Pero era Dios, o debía serlo, lo que se posaba entre el aire que nos separaba, y que acariciaba nuestras pieles embrujadas para la lujuria. La dulce Eugenia, la delicada creación nacida en las tierras de España, hija del mundo globalizado y sucesora de sabidurías milenarias, se puso de rodillas a la altura de mi cintura, y chupó mi verga erecta, como sabiéndola creadora de vida en primera instancia, y la estrujó con sus labios granates mientras sus manos acariciaban mis testículos y los masajeaban con sorprendente ternura. Entonces la vi, entregada a mi goce como si fuera el suyo, disfrutando de aquel instante como si fuera la existencia eterna la que la succionara a ella.  Y allí estaba por última vez, delicada y frágil, como un cerezo entregado al viento invernal y al cuidado de mi abatida soledad, que me obligaba a masturbarme en días menos mágicos que éste.

VIAJE A NINGUNA PARTE

Es en esta época absurda como todas, donde la facilidad para la distracción y la ausencia de magia se arriman en portales que estallan y se reproducen ante los ojos atónitos y siervos de una idea que ni siquiera es idea, sino simple esclavitud y prostitución de lo que pueda quedar de amor, de consciencia y de alma en los cuerpos vacíos de todos aquellos que escribimos en las noches, con los dedos sin yagas, y las palabras vomitadas en algo que no podemos doblar y tirar; observo desde la ventana:

En la calle sólo hay prostitutas y jóvenes, no tan jóvenes, que salen a tomar una cerveza y beben, y gritan, incluso insultan a las bien alimentadas señoras que les aguantan y cuyos padres bebían y gritaban, como beben y gritan hoy sus acompañantes patéticos.

Entre la plaza de Legazpi y la calle Lavapiés, decidió caminar William Alberto en busca de algo que llevar a la boca o a su polla hambrienta. Pasaba la medianoche y los demás borrachos apuraban sus botellines ante el incómodo sonido del televisor, que sería más incómodo todavía si estuviera ausente y obligara a aquellos viejos perros sucios a mentener conversaciones que nunca desearon tener, desde que nadie les escuchó en la  dura infancia. Seguro que no hablarían de su mujer, porque para eso estaban allí, para evitar tenerla en la mente, para evitar tener cualquier cosa en la mente, y beber de esos pozos de vidrio y olvido que tan bien sabían cuando no se veían forzados a prolongarlos calientes en el tiempo; y permanecer lejos de sus mujeres, y no aumentar la cuenta que el camarero ya no permitía estirar. William Alberto cruzó frente a uno de esos bares y sintió asco, sintió asco de todas aquellas vidas vacías, que bebían y miraban al televisor, como sabiéndose lobotizados y dejándose adiestrar gustosamente.

- Siempre fue muy dura la consciencia - pensó aquel sudamericano sin trabajo, y sin casa o afición, que sólo rezaba para que avanzara el tiempo y pudiera emprender su solitario viaje, como cada noche, hacia la puerta de algún garito de música latina, donde una mujer cualquiera lo abrazara y le chupara la verga; como si en ambas acciones, los dos amantes pudieran encontrar el cariño que les rechazaron de niños sus padres ausentes. Y entonces William Alberto recordó aquella vez, antes del verano, en que recorrió el mismo camino que hoy hacía, y recordó a aquella muchacha que se la chupaba por dinero a un chulo en un callejón sin luz ni acomodo. Y al recordar aquella situación, y cómo ella se la chupó a él después con oficio, antes de de que le reventara la cabeza contra el pico de una escalera por no pagarla, y por no escucharla gritar, y armar un escándalo para recibir su paga de  buena puta que había cumplido con su trabajo bien hecho; y recordaba como le molestaba en su cabeza, y como notaba el vacío de sus sentimientos en su pecho, que no le pertenecía; recordaba William Alberto el dulce sonido de la muerte, al cruzar frente a una iglesia que estaba cerrada, pero que él veía abierta y rebosante de viejos señores con caros abrigos, que entre el cruce del Paseo de las Delicias con la Calle del Ferrocarril, caminaban frente a un supuesto mendigo también imaginado, que en esencia era también William Alberto, y la puta a la que reventó contra la escalera, y los señores que miraban para otro lado por no entregar sus monedas, que eran suyas, antes de saludar a Cristo y a su recuerdo, tan sucio, tan tremendamente ensuciado, que bien podría haber sido recogido de los pies de la barra del sucio bar, donde William Alberto imaginó que caminaba de Legazpi a Lavapiés, o que escribía sobre un ordenador en la noche, o que era la puta muerta, o el supuesto mendigo, o el señor y sus monedas, o cualquiera que escapara al cerebro sobrio y aburrido del autor de estas palabras, que trata de capturar su imaginación, antes de darla por muerta.

23 de octubre de 2014

Semreh

Quisiera ser la voz de mi generación,
pero me resulta una labor estéril.

Me resulta tan complicado hallar en mí
definición alguna;
cada vez que se me invita cortésmente
a que me defina, sólo puedo parapetarme
detrás de alguna cortina cómplice,
o bajo mi disfraz indefinido.

Espío a las chicas desde mi habitación,
lo cual me inhibe para postularme a rey de baile alguno.

Cada vez que un pensamiento
se posa sobre mi lengua, empleo todo mi esfuerzo,
para de forma involuntaria, dejarlo caer;
a continuación, un nuevo pensamiento
ocupa el lugar del anterior,
y sigue a sus con-pensamientos
hacia el precipicio de la lengua española.

Y no puedo decir, como dijo Pessoa,
que mi patria sea lengua alguna,
puesto que yo habito en el limbo 
que separa a las palabras,
demasiado poco expresivas,
para lo que mi mente habla,
y mi corazón se empeña en callar.

Quisiera ser un mensajero,
pero no encuentro nada que decir.

Y cada vez que algo parece valer la pena,
se derrumba como un castillo de naipes,
sobre mi comunicación inservible.

Quisiera, por último, ser normal,
en el sentido más vulgar y común del término,
para poder así, hablar sobre banalidades,
como las que interesan a todos aquellos 
que me rodean más allá de la ventana.

…Y si sólo pudiera cruzarla,
y hablar con ellos, en representación de mí mismo…

¡Ah, quisiera hacer tantas cosas!

..

Hasta que en un acto de inteligencia,
decido dejar de querer.


22 de octubre de 2014

Simul in aeternum

Hoy has vuelto a aparecer, 
raro es el día en que no lo haces.
Te paso la mano por la cintura,
sonríes, nos sentimos tan bien...

Caminamos... Nos miramos a los ojos,
como hace tiempo solíamos hacer;
espero no haberlo soñado también,
no, no puede ser, no lo he soñado, 
¡es tan real!
tan real como las cicatrices 
que adornan mi mano diestra,
que simbolizan lo incontrolable
que podía llegar a ser una mitad de mí;
mas ahora no, ahora todo mi ser se encuentra domado,
enmudecido, soñoliento y siervo absoluto 
de tu divino recuerdo.

No tengo fuerza, no tengo ilusión,
y este lamento permanente, 
desde que nos besamos por última vez,
ya no sé si es un acto de patetismo prolongado en el tiempo,
o si es simple y pura desesperación,
o si es mi amor, diluido, tras haberte dejado marchar.

Es casi tan ridículo, como lo era mi cara al mirarte;
eso me da ánimos, me hace sentir menos loco,
me da la razón en esta sinrazón inexplicable,
que se prolonga desde hace más de media vida,
cuando pedía a las estrellas, cada verano,
poder descubrir tu olor desde tu cuello,
y conocer el sabor de tus labios.

Ahora te imagino,
soñando desde la Baja California,
como yo te soñaba desde allí,
y amanecía en mar de lágrimas
por volver a tu lado.

Te imagino, observando las mismas olas en la distancia,
descubriendo la lejanía con todo cuanto fue noble y feliz,
y aún así, te imagino echando de menos,
la pasión que se nos desbordaba en cada gesto.

Y aquí estoy yo, imaginándote,
imaginando qué hacer con mi vida,
para seguir adelante, en cualquier dirección,
con la absurda esperanza de que la deriva
logre acercarnos una vez más.

A pesar de lo poco real que parece,
es la imposibilidad, la que alimenta mi realidad,
y mis sueños, y mi romanticismo,
que es tuyo,
ahora y siempre.

11 de octubre de 2014

Resaca metafísica

Rencor es una palabra feísima.

Casi no veo las letras
sobre esta plataforma iluminada,

Por fin entiendo el concepto de ir ciego.

Hace tanto que no siento amor.

Todo va lento.
Yo, me aburro.

Beberé hasta desfallecer,
y pensar del mundo como un lugar.
¡Qué más me da,
bello u oscuro!

No quisiera pecar
de auto-compasión.
¡Pero qué triste soy!

¡Ojalá fuera muerte!

Ojalá fuera alegre,
y escribiera poemas de amor,
como antes solía.

Qué triste soy.

Y si me vieráis, patético,
intentando acertar a las teclas,
como si ellas pudieran expresarme,
reiríais, como río yo,
cada mañana siguiente.


10 de octubre de 2014

Ser, o no ser

El caos explota alrededor de mi consciencia
en un tiempo único y eterno.

Se desintegra y viaja 
más allá de lo cognoscible,
hasta reunirse de nuevo
en el interior de una célula.

El misterio se experimenta
sobre sí mismo.

Se experimenta a través de mí,
y del conjunto de mis instantes.

Se descubre a través de mis actos,
en mi pensamiento,
y sobretodo, a través de mi sorpresa.

Y sólo al sentir me sorprendo.

Mi corazón bombea más que sangre,
formando un lazo alrededor de mi aura.

La vela de la llama que transforma,
emana un grito de cambio y violencia.

Y lo que yo llamo ternura,
osa disfrazarse de miedo,
para que olvide la belleza
de todo lo antes nombrado.



5 de octubre de 2014

Oscuro como Aleister Crowley

Mientras me imagina la razón,
sobre mí, cae el agua a temperatura helada.

Cada uno de los papeles
sobre los que escribo,
simbolizan mi desesperanza.

En un pasado fui rey
de algún paisaje vacío;
hoy, transito contra mi voluntad,
en una lucha endemoniada,
por ser siervo de los que fueron
mis súbditos.

Escucho, en mi mente alerta,
el sonido de una fuente sin fin.

Yo soy la gloria,
que me eleva a la servidumbre.

Y en mi acercamiento a la locura,
o a la genialidad,
la descubro desnudando mis inseguridades.

¡Y que brille, que brille la luna
si con ello logra someterme!

No veo la luz solar,
porque no quiero verla;
si quisiera,
me entregaría a ella,
como se entregó el mapa de las estrellas
a mi alumbramiento teñido de sangre.

¡Soy un hijo del sol,
y he venido a arrodillarme sobre su sombra
y sobre lo que ella de mí se apiada!

Hoy, desde un retrete cualquiera,
sobre el que ya escribí poema
en noches de soledad
y alcohol como ésta;

hoy proclamo mi abandono,
mi súbita rendición
ante los brazos que me abrazan,
mientras yo me empeño en tirar
de la cadena, conmigo dentro;

como despojo de la luz,
que cubre mi aislada penumbra;

como un sueño,
que teme despertar
y transitar una nueva ensoñación,
desconocida para mis miedos.


27 de septiembre de 2014

Be

Creo que en el último poema
que te escribí como si fuera el primero
no llegué ni a imaginarte.

¡Qué ojos!

Mas yo, con mi pose mística y absurda,
no pude más que seguir pensándote.

¡Y qué sonrisa!

Lamentable, es el hecho
de que te escriba estas palabras 
al amanecer del sábado;
pues sólo con la sabia luna,
aflora lo que a mí no pertenece.

Como tus labios,
inquietante enigma y carnoso;
los besaría hasta desgastarlos.

Como tu piel,
suave hasta el inconsciente.

Brillo, sé que brillo,
después de verte.

Y tu melena,
andaluza y azabache,
me consume, en mar de ilusión.

Sólo me queda la almohada,
y tu dulce presencia,
que como aquella vez,
se aproxima iluminada.


25 de septiembre de 2014

SOBRE LA DESEVOLUCIÓN ÉTICA


Es un hecho innegable que la raza humana evoluciona. Como también evoluciona el planeta sobre el que se encuentra, así como el entorno que lo acompaña y del que se puede nutrir. Es innegable también, que dicho avance inexorable, sufra de unas proporciones temporales demasiado lentas para lo que su propio concepto del tiempo es capaz de soportar. Alguno de los hechos que así lo acreditan, y que la mayoría de la población puede dar como válido, es la evolución de las especies, según el planteamiento publicado por Charles Darwin, el 24 de Noviembre de 1859, durante el mes de Sagitario (el arco del arquero); que en términos de lo que aún hoy se interpreta como místico, es temporada propicia para la expansión cognitiva a nivel global.

En base a este planteamiento de progreso, el ser humano ha sido capaz de desarrollarse e innovar, siempre con la colaboración de sus propios semejantes. Es por ello que ha aprendido a labrar, y a sembrar el campo; o incluso a cazar en grupo. Hoy en día no son necesarios estos comportamientos en lo que conocemos como mundo occidental, u occidentalizado, puesto que tras siglos de progreso tecnológico y racional, la raza humana se ha encontrado con las condiciones adecuadas para dejar de colaborar con sus semejantes, ante la posibilidad de simplemente aprovecharse de ellos.

A día de hoy, 25 de Septiembre de 2014, durante el mes de Libra (la balanza), en una publicación de esta red social de lejanía carnal y exposición narcisa, puedo decir que el ser humano ha fracasado. Puesto que es innegable que la evolución camina lenta, igualmente cierto es que el egoísmo, el miedo y la avaricia caminan a una velocidad superior, pese a caminar en dirección equivocada.


21 de septiembre de 2014

Conóceme

Me recreo en mi juego,
nadie nunca llenó a ganarme;
sólo acumulo derrotas sentimentales
que me hacen sentir pequeño, 
muy pequeño.

Pero, ocurre una luz;
tus carnosos labios despiertan a mi animal;
tu olor, lo convierte en indomable;
tus ojos, lo calman por fin.


Y yo, con mi hábito nihilista,
te rindo homenaje en esta noche;
te la regalo;
y te pienso, como piensa un hombre muerto
a una mujer viva; te pienso
y todo carece de razón.

¿Por qué?¿Por qué?

Preguntan los que no te vieron;
los que sí, quedaron mudos.

Es por ello, que el hecho de escribir
estas vagas palabras,
me convierte en un genio,
como ya sé que lo soy;
¿pero qué valor posee
toda mi genialidad,
o la de todos los grandes,
si no se funden con tus labios,
o se dejan encontrar por tus ojos,
sublimes como el amor?

Ninguno.

Miro tu fotografía, y sonrío,
e imagino que ríes;
porque no puede ser de otra manera.


15 de septiembre de 2014

Sin título

La expectación atrofia cada uno de mis músculos; 
la tensión a la que me someto de manera involuntaria
es fruto de una próxima visita que recibiré en mi hogar.

Fumo una calada de marihuana;
mientras, mi compañero duerme.

Una vieja amiga se dirige a verme;
compré cervezas en un alimentario cualquiera,
regentado por gentes de la China.

¡Ah, quién pudiera viajar 
y olvidar por completo
el lugar del que partió!

..

En el subterráneo todos guardaban silencio;
leía mis primeras páginas de Lord Byron,
mientras viajaba por la España próxima a la invasión
de Napoleón; y navegaba por sus gentes, 
tales como las de ahora,
pero imaginadas por un inglés.

Una señora atrajo la atención de todo el vagón,
comentaba la situación de enfermedad en la que se hallaba su marido,
y la falta de pan para sus hijos. / Su alto tono de voz
debió de resultar molesto para mis contemporáneos,
que callaban en silencio y con entregada devoción.

Quizás pensarían en sus razonamientos,
que al estar leyendo y no tener monedas;
y que al haber hecho una gran película
que cambiaría la mentalidad social para siempre
y que ya no habría pobreza; no hiciera falta ayudar.

Quizás era Yo el que pensaba todo aquello;
y era Yo el Hipócrita que se auto-convencía
de que los veinte euros que tenía en posesión 
/en mi bolsillo para ser más exactos/
y que servirían para comprar marihuana;
y para escribir este poema, o lo que fuera;
lograrían generar con ello tanta indiferencia
como la de aquel humillado grito de ayuda
de aquella mujer.

Quizás soy yo. Quizás soy yo el que participo
con mi apático egoísmo de todo este desastre.
..

Suena el timbre. Es hora de no pensar
y fundirme con lo abstracto.


Primeriza

Los almendros avecinan su crepúsculo;
en la avenida, dos agentes del orden confiscan 
un vehículo cualquiera. 

Observo desde mi ventana aquella tarde
de septiembre, y veo a mi madre llorar,
sentada sobre un banco de piedra.

Dignamente, se seca las lágrimas y se yergue
frente al hospital; su pose me recuerda a la de
todos aquellos generales que lucharon y perdieron
en todas aquellas guerras sin nombre o recuerdo.

“Y que no me entregue Dios,
todo lo que soy capaz de soportar”

Me decía mi madre, con una voz 
suave y religiosa dentro de aquel uniforme.

Ya en mi ventana, escucho a los hombres,
borrachos como mi adolescencia,
levantar la voz durante la madrugada.

Entiendo que mi madre nunca bebiera;
lo que no comprendo, al observar 

el paso del tiempo en los almendros, 
es por qué mi madre aún oculta sus lágrimas...

...a pesar de lo bella y frágil 
que la ilumina la luna, cuando la ve llorar.



13 de septiembre de 2014

Mi sostenido

Algo me impide salir de la cama;
he conocido situaciones similares,
como la depresión.

Pero esto que me sucede
no lo llamaría así.

Apatía quizás.

Lo cierto es que tanto ahora,
como en aquellos momentos
especialmente trágicos en mi mente,
prevalece en mí
el deseo de morir.

Pero no es algo que vaya a hacer,
pueden estar tranquilos.

No tengo el valor suficiente;
y la curiosidad por conocer mi límite natural
y el morbo que me produce vivir fustigado,
son razones de sobra para seguir viviendo,
así como para quejarme por ello.

Ay…

Si por lo menos supiera manejar bien la guitarra,
podría anular mi necesidad de diálogo.

¿Cómo amar a la soledad y a la vez odiarla?


¿Quién habla a través de mí?


10 de septiembre de 2014

Enfermo

Me arde el pecho.

Fui madre en otras vidas.

Aún hoy, cuando sujeto entre mis brazos
los frágiles huesos de un bebé,
se me encharca el alma entre mis costillas.

En esta vida, me ha tocado ser un miserable,
pues nada me falta, tengo familia sana,
amigos fieles, casa, tabaco y comida.

Sin embargo sufro, sufro por todo;
levantarme de la silla en la que escribo
y dirigirme a cualquier otra labor,
me causa culpa.

Dos gatos viven conmigo,
yo les alimento, ellos subliman
mi necesidad de compañía.

La apatía es lo más cercano
que se me puede señalar.

Me causa pereza
hasta imaginarme escribiendo.


¡Ah! ¡Quién fuera piedra!


9 de septiembre de 2014

Agorafobia

Cada parte de mi cuerpo
que está encogida y asustada,
que fue violada en trauma,
reprimida, débil y escondida,
me pide ayuda,
me suplica clemencia,
me lleva hacia el sol.

Mis dedos comienzan a arder,
se convierten en polvo, suben en espiral,
me disuelvo con el silencio;
baila una luz entre mis nervios,
mientras mi sangre derrama angustia.

Abiertos los ojos,
abrazado lo que se posa frente a mí;
lo que agarrota mi espalda,
lo he invertido.

Mientras escribo, suenan los Kinks;
yo me disuelvo en un mar de espeso humo.

Bailo y canto y callo
sentado sobre mi silla,
bizarra como lo que me agita
en palabras secretas.

Sé que fuera me espera algo,
he alcanzado a intuirlo.

He decidido no creer nunca más
en lo que dice la maldita caja,
ni en sus malditas ondas
que absorben la inquietud.

Sin embargo, y pese a haberlo intentado,
soy incapaz de pisar un pie ahí fuera;
sólo al calor de la noche,
¡oh, sí! ¡la dulce noche!, soy capaz 
de entregar mi cuerpo asustado
a la falta de sensibilidad
que ocupa las calles de esta ciudad,
o de cualquier otra.

A cambio, al caer el manto que dibuja a la luna,
ella me entrega su bebida y su abrazo,
y me da conversación
bajo la luz de una farola,
que no me molesta demasiado.

¡Y ahí si, canto y río y bailo,
con mis amigos, los gatos!

¡Y con mis vecinos y mis hermanos,
los mendigos, que sonríen también 
y piden pequeños tragos de ron!

Cómo añoro el Dos de Mayo

Aquí dentro,
mientras el sol asoma por la ventana,
y mis huesos respiran convalecientes,

yo, no sé quién soy.


8 de septiembre de 2014

Melancolismo

Hoy hace un cielo gris y calmado;
el viento acaricia mi piel como a los árboles,
sin distinción alguna entre nosotros.

Me reconforta, con su leve abrazo,
como el que yo no me brindo,
ni me permito brindar a los demás.

Bailan en mí, las hojas secas,
como mi corazón humedecido.

Y yo me pregunto, en esta mañana
que ya es tarde, cómo hacer para morir
suave y dulce como el otoño.

Soy una burla de mí mismo;
mi alma sangra cual tormenta,
y como rayos mortíferos, 
me atraviesan las dudas.

Y pienso, y me pregunto,
¿qué es a lo que no me entrego?

He visto, al salir la noche,
a la ciudad vestida de luces
recibirme con honores de príncipe.

Pero me he embarrado;
he bajado del cordel que nunca tuve,
he paseado mis cansadas piernas
por el lodo que cubre la desgracia
que ya no me sorprende.

Soy un condenado,
un hombre de fe sin creencias,
un científico, con el más sofisticado laboratorio
y nada con lo que experimentar.


La tarde va cayendo, gris y calmada;
mi pena, que es sólo mía,
me devora decididamente.


Anotaciones de cuarto de baño

¡Ah, si yo fuera tan noble
y alto como los versos
de aquellos autores que envidio!

De mis melenas brotarían
las palabras, como alientos
de olor a jazmín temprano.

¡Qué dulce fue ser
cualquier cosa!

Y a su vez, nada yo fui;
qué triste abandono,
qué dulce amargura.

Como flores que
caen de ningún
árbol, a ninguna
bella mujer,
así me siento.

Así soy, pequeño,
calvo y de sociabilidad
difícil.

¡Qué duro me resulta
estar entre parlantes
y sus conversaciones
que no abarcan lo que mi alma pide!

Y sin embargo, qué vacío se siente
lo que en mí ya no habita.

Ya no soy nada
de lo que nunca llegaré a ser.

¡Ojalá fuera el poeta que cabalgaba
en un oso,
o el que se desangra en cualquier
carretera sin recuerdo de nadie!

Soy un germen,
un parásito;
soy la sonrisa de la bella mujer
que olvidó sonreír,
y me mata con su ausencia.


Desconozco

He conocido a Dios,
lo conozco.

He escalado hasta hundirme,
he sido lo peor que soy;
que aún asoma.

He visto en el Iris del otro
el mismo que el mío,
he sido la profundidad que nos une;
y todavía lo intento.


He muerto tantas veces que no vale la pena
seguir recordándolas.

¡He nacido tantas otras veces más!

He escuchado a los hombres hablar de iglesias,
y de guerras, y de odios entre ellos mismos,
por el mismo Dios que no logran encontrar.

¡Pero si utilizan igual palabrería! ¡Y hasta ellos lo saben!

He estado en silencio;
he conocido:

la verticalidad que me nace de los pies,
que vuela hacia el sol sin diferencia alguna
con el más majestuoso árbol,
o la más delicada flor.

He salido a pasear por la ciudad,
y hasta en los rostros
de los que no expresaban religiosidad alguna en su mirada,
hasta en ellos, lo he visto.

Y en las máquinas que van bajo tierra,
y en las miradas que no se atreven a encontrarse,
hasta en su miedo, he conocido a Dios.

He sentido el vacío tan lleno sobre mi piel,
me he soñado mientras me soñaban.

He sido el peor de los gestos
y el abrazo más puro.

Me he llenado de todo
y me he vaciado hasta encontrarme lleno.

He visto la mirada del niño
y la del anciano.

¡Si hasta las nubes y el mar he sido al observar!

Y me he visto observando,
sin ser yo quién miraba,
sin ser yo el que movía el mundo con amor
hasta alrededor de los ojos del odio.

Me he visto muriendo y naciendo
en un ciclo sin fin.

He sido hijo de algo,
que aún lo soy.

Me he entregado a su baile
como si fuera la enseñanza eterna.

A cada instante, en cada lugar,
en todos los planos,
¡me creo y me destruyo alrededor del cero!,
¡bailo con los círculos del infinito!

¡Soy capaz de amar, de ser compasivo,
incluso conmigo mismo!

Miento… !¡Miento!¡

No soy capaz de nada.

No soy capaz de nada,
porque no me lo creo.

Y si fuera capaz de creer,
no hablaría de Dios:


lo llevaría dentro.

2 de septiembre de 2014

Límite del significado

He de encontrarme una serie de virtudes,
que sólo oso mencinar en estado de embriaguez.

Durante los momentos que dedico a la escritura,
afloran únicamente aquellos adjetivos, que otorgo
a mí y a los que en mí habitan, cargados de tristeza;
con el fin de describir mis bajas pasiones
y mis desesperanzas.

No obstante, tras todo el mar de muerte
que se ahoga frente a mis ojos, en apariencia humillados,
navega un pequeño velero, que refleja la luz de un faro.

Y el farero, que en su interior se encuentra,
a la vez que el barco, descansa su entrepierna
en un mar solitario y cansado.

No existe espacio en mí, para describir en palabras
lo que engrandece mi alma;
y cuánto más trato de reflejarlo,
más profundo se hunde en mi silencio.

Es por ello, que decido en esta noche del mes de Virgo,
abandonar a ninguna suerte lo que no soy capaz de decir.

Mientras tanto, lo que siga brotando,
como el vómito de un indeciso y borracho,
que brote, que brote
y con su hedor, me cause naúseas.

Pues lo que consigo explicar de mí,
en las letras que caen de mis dedos al teclado,
que caigan,
que caigan y me señalen como fracaso.

Vencida está mi suerte en la batalla que libro,
antes incluso de haber batalla,
o juego en el que mostrarme.

Porque lo que logro con mis palabras,
aún sin querer lograrlo, es definirme.

Y como definición, sólo puedo ser naúsea.

1 de septiembre de 2014

Astrea

Cansado de la espera, atormentado,
vaga mi alma en pena hacia el pasado;
no encuentro en el presente fruto,
ni descanso.

Basta un soplo de aire, un susurro,
para que mi cuerpo caiga oscuro,
como lodo arrinconado.

Silencio en lo que no recuerdo,
ni en lo que he olvidado.

Se parte en dos el árbol maduro,
carcomido por dentro, lo labrado,
lo que no fue arrancado,
ni ayer ni hoy disfruto.

Rema hacia poniente el olvido,
sin ser olvidado,
ni atormentado, o removido,
de los pies del marino cansado.

No hay mar ni barca ni anzuelo,
no hay carne en el humano,
que salta de sueño a murmullo,
sin nunca haber perdonado.

Por proa se cae el pasado,
por popa el futuro no asoma;
la fortuna del desafortunado,
nunca vio luz ni olió aroma.

Surca las olas sin barco,
mueve sus alas al viento,
cae al olvido el ahorcado,
hijo de su propio tormento.

Silencio en la tumba del muerto,
que a sus heridas ha sucumbido.

¡Qué dulce fue haber amado!

¡Qué duro fue no ser olvido!

26 de agosto de 2014

Ceniza

Mi espera es trágica.

En ocasiones, una nube de cinismo
puebla mi sonrisa y se extiende hasta mi rutina.

Hace tiempo que no salgo de casa,
por lo menos no a la luz del sol.

Esta vida me quema, pero sólo al quemarme
me siento vivo.
Sé que hay gente ahí fuera,
gente que a veces sonríe,
pero que también tienen sus penas y todo eso.

También es una palabra que no soporto,
todo es tan único,
y sin embargo no deja de ser lo mismo.

Mi familia es la soledad.

Sé que espero algo,
pero todavía no acierto a adivinar de qué se trata.

A veces tengo tanta fe en aquello que nunca conoceré,
como me encierro en mis ojos enfurecidos,
que cansados niegan hasta lo que han alcanzado a ver.

Soy un despojo de mis sueños,
un vago retrato de todo lo que he imaginado.

Y todo aquello, se encuentra muerto,
junto a mi voluntad y mi apego.

Tan muerto, tan profundamente disuelto en la nada,
que ya no tengo propósito de tiempo.

Que venga, que pase lento y me deje sus marcas,
que muerda mi inocencia y la pisotee hasta que nada quede.

Estoy cansado hasta de la idea de sucidarme.

Espero a que pasen los días y me gusta beber.

Si por lo menos pudiera hacer cine,
hacer cine sin tiempo para pensarme,
para hablar de mí, o de lo que no soy;
guión tras guión, rodaje tras rodaje,
y montañas de dinero, y parásitos interesados
en mi efímero triunfo.

Sólo así le encontraría sentido a esta farsa
a la que nadie me invitó.

Sólo así, o amaneciendo
y pasando día tras día en cama con ella.

Pero ella tampoco está.

Espero que por lo menos sea feliz,
en aquel rincón que no existe,
pero que yo imagino,
con mi inocencia, mi voluntad y mi apego.

Y mientras asimilo que no volverá,
que mi gran obra es consumirme entre buitres
y algún plano bello;
transmuto como el tabaco entre mis dedos,
que tampoco soy yo,
pero también.

24 de agosto de 2014

El circo de la alegría

¡Pleitesía y ofrecimientos de sexo!

¡Bienvenidos a la ciudad!

¡Dejen a sus niños frente al televisor
y salgan a disfrutar de los luminosos carteles!
¡Beban! ¡Compren! ¡Sean felices!

Imiten las viejas costumbres de sus antepasados;
si sus padres pegaban a sus madres...

¡Imítenlos!

Si les enseñaron que para triunfar hay que ganar...

¡Aplasten a sus competidores y triunfen!

¡Anuncios! ¡Más anuncios!

- ¡Rápido, hay uno allí que no cree en la posesión!

- ¡Un inmaterialista!

- Llámenle Diógenes y tómenlo por tonto.

- ¡Buh! ¡Tonto! ¡Tonto!

- ¡Sigamos comprando o acabaremos pobres y sucios como él!

¡Vendan! ¡Compren! ¡Sean felices!

- ¡Eh! Trabaje durante todo el día y que sus posibles ascensos,
   sean su mayor preocupación durante toda la vida.

- ¡Gracias por el consejo! /

/ Pise a los demás.

- ¡Tranquilo, descanse un rato! ¡Tómese un trago!

- Encienda el televisor.

...

- Recoja a sus hijos, - ya viejos,
ya no niños, sino intentos rabiosos
por no ser la copia que usted programó.

No se arrepienta. Siéntase orgulloso.

Siga comprando.

Tome un trago.

Tenga más hijos


/n/ Muera usted,
junto a su inocencia
y la del mundo.


16 de agosto de 2014

Oda breve al ron

Dulce brebaje de perdición y abandono,
a ti te debo mi más tierna compañía,
contigo solo,
contigo me basto para bendecir la noche,
contigo solo,
me resulto conocido oído con quien hablar.

¡Mas no hablo! ¡Deliro!

¡Y qué dulce delirio!

Odio, si es que algo odio,
tener que estar en sociedad,
y aparentar ser algo,
cualquier cosa, y como tal,
procuro a todos molestar.

¡Qué sincero abrazo me brindas!

¡Qué sosegado tu silencio en mi parlante necesidad!

Y sólo a ti, querido brebaje,
sólo a ti te encomiendo la misión de salvarme;
de salvarme con tu lenta muerte.

¡Pero tan deliciosa! ¡Y sin necesidad de explicación!

La conversación me mata,
la banal, me aburre como calor asfixiante;
la intelectual, me enerva a la quinta esencia.

¡La conversación del alma!

¡Oh sí, la conversación del alma!

En ella encuentro el sosiego que me abunda,
en el hablar de los ojos, sin palabras ni burlas,
en la mirada firme y el temblor de mis manos,
ahí reposa lo que de verdad soy.

¡Pero hay tanto ruído!

¡Tanto incordio alrededor de mi alma tranquila!

Me excita hasta paisajes que repudio,
que critico en los seres ajenos;
mas sólo en mí se justifica mi repulsa.

¡Amigos, amigos!

Si me aman, guarden silencio,
pues solo en su abrazo callado podrán verme.

¡Tanto ruído! ¡Tanto ruído!

Mi alma titubea en el intento de complacerles,
pero no encuentra palabras,
para describir lo que su silencio busca expresar.

¡Otra ronda, camarero que soy yo!

Bendito brebaje.

Bacterias

No existen paraísos ni infiernos
más allá de la mente.

La del ser humano /que ni es, ni humaniza/
da por bueno el uso de armas entre sus hermanos.

Es la lacra de este mundo, nacida del miedo,
del desconocimiento de uno mismo:
el único lugar hacia el que no nos atrevemos a mirar.

De ahí nace el odio, la guerra,
el egoísmo de comer el primero.

No obstante, sí existe un lugar, un momento
nacido de la gloria,
en el que el ser humano se observa
y se gusta.

Existe un momento, un lugar,
comparable a la guerra en pasión y abandono
donde cuerpo y alma exhiben su unión y grandeza.

Existe un instante en el que somos capaces de amar.

14 de agosto de 2014

Mercurio

Soy el hijo bastardo de una discusión,
acalorado sexo, y distancia.

Muerto me hallo entre las flores que no supieron hablar,
que escucharon las desgracias del mundo y las propias,
y decidieron callar en un mar de pétalos suicidas.

Pude abrazar, o llorar, como la luna;
comunicar a los cuatro vientos mi verdad,
pero la encontré falsa.

Como falsa era mi sonrisa, o mi broma banal,
auspiciada por la gran mentira que fue no estar en silencio.

Ahora lo veo todo, tan serio, tan elevadamente serio
en su minuciosa sincronía,
en su hálito,
en su continua rueda de sangre que va y viene sin pausa.

Marcho a encontrarme,
aún sin haber partido nunca hacia lugar alguno,
para regresar sin camino.

Pero nada es lo mismo.

Fui una burla de mí mismo,
de lo que quise ser y logré por convicción;
la errónea fe de un abuso
tras ser violado en mi niñez,
no con falos ni puños,
sino con una realidad
demasiado triste y temprana.

Tuve tiempo de salir a la luz del sol,
y lo encontré alegre, jovial,
desvestido de la sombra que ya me habitaba,
que me arrebataba la inocencia desde mi pasada vida.

Y hoy muero, muero, como siempre muero;
como la palabra muerte es siempre miel para mis oídos,
y por fin, me dejo caer
hacia la gran verdad que escondí bajo mi traje de bufón,
la que siempre estuvo,
la que todos buscan,
la que nunca diré:

Porque nunca la supe.