26 de febrero de 2014

Como un soldado sin causa

Me pregunto si no habrá pasado tiempo.

Dicen que es lo único que cura. Discrepo.

Porque sigo con el mismo miedo, o más,
a que me hagan sufrir.

Y tengo un deseo enorme de que me hagan sufrir.

Deseo el deseo y la pasión, aunque me cuesten la vida.

Porque el aburrimiento, el claustro al que me someto,
desde aquella última vez que me hicieron sufrir,
se me antoja insoportable por más tiempo.

Tiempo, tiempo es lo que no me sobra.

Tengo prisa por morir, o por vivir intensamente.

Como un rodaje cinematográfico,
donde se reduce lo más esencial de la vida
a un paréntesis que nos brinda el tiempo.

Porque vivir, lo que se dice vivir intensamente,
sólo he vivido con aquello que he amado.

Y todavía amo. Como el cine. O las mujeres que despertaron
mi curiosidad y mis lágrimas.

Prefiero que tiemble el mundo a que permanezca callado.

Prefiero amar y salir derrotado a no amar en absoluto.

Prefiero la pasión a la contemplación,
mi cuerpo está diseñado para la guerra
y en la falsa paz de mi cama no hay nadie con quien luchar.

Prefiero la paz a la guerra,
pero no sin haber luchado.

Me pregunto si no será ya hora,
de salir a la calle y recibir un balazo.

13 de febrero de 2014

Los dos lados de la calle

El bocadillo había perdido todo su interior
en la tostadora;
miraba a la ventana,
no a ella misma, sino lo que había detrás,
la lluvia y el silencio.

Al salir me sorprendió el escaso frío,
quizás no tanto por la temperatura misma,
como por mi percepción de ella,
después de tres días al calor del hogar.

Crucé la calle y caminé,
la lluvia no era lluvia,
sino pequeñas gotas imperceptibles,
que sólo al caer junto a las farolas,
se descubrían ante mis ojos
en su precipitada y lenta caída.

Pepa cruzó conmigo y caminamos unos metros,
pasamos el descampado por el que siempre salimos
y continuamos caminando calle abajo.

De pronto me detuve,
me fijé en el luminoso que anunciaba el número 136;
entonces lo descubrí,
después de diez años viviendo en aquella casa,
caí en la cuenta de que nunca antes
había caminado por aquel lado de la calle.

Continué bajando y mis pisadas eran suaves;
me detuve frente a una puerta metálica,
que como el resto de las cosas de aquel lado de la calle,
nunca antes habían llamado mi atención.

No me atreví a acercarme más y mirar por encima,
mi cigarro apuraba y me debatía entre volver al hogar,
o continuar aquella expedición, que por novedosa,
podría haber sido en cualquier rincón del Amazonas.

Más adelante, dónde la calle ya empezaba a subir,
avisté un viejo Mercedes y recordé aquel reciente día,
cuando mi hermano menor lo señaló,
y con una mueca entre risueña y nostálgica,
dijo que era como los taxis de Tánger.

Me acerqué intrigado,
suponiendo que el azar me depararía una sorpresa,
quién sabe, quizás algún cadáver en el asiento trasero,
que los transeuntes, como yo, habrían obviado
al caminar siempre por la acera contraria.

Sólo me sorprendió la matrícula de Gran Canaria,
y entonces, por un instante, pude imaginar la larga vida
de aquel viejo utilitario, que había venido desde las islas
a la península,
y que guardaba semejanza con los viejos vehículos
de las ciudades costeras de Marruecos.

Un coche se acercaba, la calle vacía,
y Pepa decidió cruzar poco antes que él mismo.

Casi no me alteré, crucé para que el conductor me reconociera,
pero su velocidad no era alarmante,
y hasta que no llegamos Pepa y yo al otro lado,
no recordé cuándo en aquella misma calle,
frente a mi casa,
unos años atrás mi anterior perra fue atropellada
y la recogí agonizando y llorando entre mis brazos
para bajar a la ciudad y que la atendieran en las urgencias de mascotas.

Sobrevivió, por lo menos un par de años más,
hasta que en esas mismas urgencias la clavaron una inyección mortal,
supuestamente porque sufría.

Al subir la calle de vuelta a casa mi ritmo era más agil,
como si ese camino no tuviera novedad que ofrecerme;
ya no había cigarro en mis manos,
y la noche, resultaba fría por fin.

6 de febrero de 2014

Depredador Feroz

Camina de lado a lado,
cubriendo su hambre sobre cualquier superficie,
sobre si mismo;
incluso se llega a matar.

Encierra a los demás vivos de su mundo,
los llama animales y los empaqueta en series,
con grandes máquinas y empleados ,
que como cualquier otro,
perdieron su amor por un trozo de pan;
allí los mutila y asesina para servir en bandejas,
de plástico en el caso de los menos privilegiados,
o de plata para los que lo merecen más.

Su avaricia le lleva a proclamar su bandera
sobre la honradez de sus semejantes
por un puñado de monedas,
para adquirir más monedas
y tener más monedas,
para ser mejor
y poder tener más monedas.

Para ello engaña, tima, ilusiona y encanta
a cualquier inferior dispuesto a escucharle
y encender su canal
y escuchar su discurso
y creérselo hasta hacer de la lobotomia
una causa menor.

Ahora el feroz vende medicamentos a unos pocos,
y no los cura, sino los mata,
mientras que a los menos privilegiados los deja morir,
para adquirir otro glorioso puñado de más monedas
y comprar más casas vacías,
y más gente sin casas,
y más kilos de nada.

Todos temen al gran depredador,
sus semejantes, sus animales esclavos,
sus semejantes esclavos,
todos menos ellos mismos.

Porque duerme sobre cualquier cama
y ve el mismo sol que vemos nosotros
y la misma ropa.

¡Y tanto nombre como símbolo,
para luego no creer en las estrellas!

Y camina por ahí de lado a lado,
pisando todo lo que cruza, como un vicio al suelo,
y se pisa a si mismo,
y se detiene en lo que conoce,
y se cree su propia mentira del ego,
y no juzga la honradez o el amor en sus actos.


El Depredaror Feroz es sólo hombre,
quizás si aprendiese a ser llamado mujer o humano,
aprendiera algo más,
de aquello que nos camina a todos, de lado a lado,
y con los ojos cerrados todos obviamos.

Mientras tanto ahí camina él,
y saca su pecho al cielo y sube la barbilla,
y no se reconoce en el Depredador Feroz,
que da nombre a su ser,
sin que su ser quiera ser nombrado.