29 de junio de 2014

Metamorfosis


Corazón que siente a cada instante
el peso del mundo
y la culpa mía.

Y me abunda, y me derrama,
por los filos de mi alma indómita,
antaño acomodada,
aún hoy resuelta,
indiferente, presente, abstraida.

 Y ahí camina la condena consciente del Rimbaud ya muerto,
traficante de sacos vacíos, no perecederos;
poderosos cordeles a galope en viento,
mueren, sangre, mueren,
la culpa y el pensamiento de un mundo que no existe,
que me arrebata el sentir en pequeñas sinfonías,
de soledad y desasosiego.

Muerte. Muerte, muerte,
sólo veo muerte,
sólo muerte soy en lo que veo,
y me mata, y en lo que mato, lo efímero,
el beso imaginado.

Salta de muro en muro,
de sueño en sueño,
a las garras de Saturno, el tiempo,
lo que pasó, lo que aún no es,
lo que sucede y nunca sucedió,
y en mi mente tan real,
tan sueño, tan todo, tan calle.

Camina y camina,
cordel silencioso, a galope entre lo que ven
y lo que no veo.

¡Pero lo siento, tan cerca de la verdad,
tan alejado del pensamiento!

Llora en mí la madre que nunca llegó a parir,
y la que parió y abandonó a su vientre en el basurero;
Yerma, circuncisión, costumbre,
molinos de viento o gigantes,
que me arrebatan el sentido y las ganas,
que se desangran en un lavabo cualquiera,
con los orificios de su nariz como interminable duda.

Arrebatado el sentido, perdida la razón,
vuelo,
vuelo,
vuelo,
y nada me detiene,
y yo os abrazo en silencio,
y os comprendo y os amo,
solo con el caliz de vuestra mirada.

Quién fuera mundo y todo,
o nada;
polvo en un recuerdo borrado,
a corriente en un río que todo transforma.

Tiempo y tiemo y tiempo,
y sólo ahora me atrevo,
a imaginar mis brazos alrededor de la armonía,
que forma tu violín en los aros del silencio.

¿Pero quién soy?

¡Nadie! ¡Nadie! ¡Nadie!

Sólo un gramo de consciencia, o menos,
danzando en el limbo de lo que se experimenta sobre la marcha,
de lo que no es conocido,
de lo que abunda en mi imaginación.

Y muero,
y muero,
y muero,
e inevitablemente, tras cada muerte,
vuelvo a nacer,
más confundido y dócil,
más nada,
más polvo,
más recuerdo efímero, entre los brazos de un manco,
que pensó en mí,
y me sintió, y vió como lloraba al mundo,
y cómo lloraba a lo que imaginé,
y nunca tuve valor de encarnar, en mi cuerpo cansado
y lento.

Muerto, muerto, muerto,
como lo que está por nacer
y sólo yo, en mi angustia siento.

Langosta

Mi niña, mi niña me decía,
que la cogiera de la mano y la llevara fuera,
fuera a jugar, lejos de esa mesa sucia y lejana,
con más langosta que palabras de amor,
a pesar del silencio, mejor que el grito,
que la llevara fuera a jugar:

ése hombre me ha atado, me ha atado.

Mi niña se quejaba con razón,
mi niña quería salir;
mi niña que soy yo y no lo soy,
tanto como soy o no soy cualquiera.

Pero mi niña mandaba
y me decía:

corre, corre

Y alguna voz en mi interior moría,
cuando yo me dejaba ganar,
y no había protección en mi superficie,
haliento en mi torpe razón que sostuviera mi cuerpo pasado de años,
que no era niño ni viejo,
sino el tránsito largo y aburrido del ser,
lejos de la muerte, la primera o la última,
la última, o la primera.

Mi niña corría y corría y yo en mi interior,
quería ser el niño que corría,
el niño que saltaba de la mesa y se arrancaba el cinturón atado por el hombre,
y volaba libre, lejos del lugar con cabezas de langosta;
otros niños que tambien quisieron escapar
y que aún quieren, pues nunca se lo permitieron.

Y mi niña, mi niña,
yo corro con ella y vuelo con ella,
pero la intento hablar del tiempo,
la intento comprar con un helado como quien promete algo;
con invisibles ojos, en el ahora bueno,
el ahora sabio,
el ahora que siempre enseña y se ofrece para el disfrute.

Mi niña, no quería el helado,
mi niña, quería saltar y reír con su primo Mí;
y su primo, ya muerto,
ya no niño,
ya cansado,
quería volver a la mesa
a recordar la langosta
y a pensar en el helado.