27 de noviembre de 2014

SOBRE LA DEMOCRATIZACIÓN DE INTERNET

Creo que es muy necesario que los agentes culturales adapten su capacidad de crecimiento a las posibilidades de difusión que les ofrece internet. Lo mismo ocurre con lo que debe realizar la democracia para reinventarse, y llevar la voz de cada ciudadano a la toma directa de decisiones que afecten a la sociedad. Por ello, propongo crear un proceso de diálogo que englobe a usuarios, agentes culturales, círculos políticos y a las empresas de comunicaciones, con el fin de plantear un marco estatal, aunque con miras globales, para la regularización de la red, con la plena defensa de la privacidad individual, así como del disfrute de los derechos de los que gozamos en la vida civil fuera del ámbito de internet. Es, en definitiva, la apertura de un proceso constituyente para la democratización del acceso a la red.

El acceso a la cultura debe estar al alcance de todos, con independencia del poder adquisitivo de cada uno, y de una forma que mantenga la posibilidad de crear nuevos contenidos diversos y de calidad. Para encontrar este equilibrio, es imprescindible que tanto agentes culturales, como usuarios, entiendan la necesidad de dialogar profundamente sobre ello, y comprendan la importancia de un cambio de paradigma en el uso de internet. Los primeros, con el fin de disponer de medios que les faciliten la creación de nuevos contenidos culturales, y los segundos, para disponer de acceso a dichos contenidos de manera universal, y con plenas garantías sobre la diversidad, dignidad y calidad de las nuevas obras.

Una vez que los usuarios y los agentes culturales sepan qué es lo que desean, y qué están dispuestos a ofrecer a cambio para conseguirlo, llegará el turno de plantear juntos un nuevo diálogo al poder político sobre las medidas para la regularización de contenidos en internet, y de establecer unas condiciones de responsabilidad entre los usuarios, y de viabilidad económica con las empresas de comunicaciones y las instituciones públicas.

Internet es una ventana maravillosa desde nuestros hogares hacia millones de ventanas más, pero como ocurre con las neuronas de nuestra mente, apenas somos capaces de imaginar las infinitas posibilidades que nos ofrece para el progresivo bienestar y desarrollo de la humanidad. Y lo que es más preocupante, si la gente no toma el control de internet, serán las grandes corporaciones quienes lo hagan, y acaben, ahí también, con las garantías democráticas del conjunto de los individuos.


18 de noviembre de 2014

Imperialismo crónico

Si se lo quieren quedar, que se lo queden;
mi vida, sólo yo puedo vivirla.

Si las riquezas del planeta,
las quieren todas para ellos,
suyas son, que las copen,
y a sus nietos las arrebaten.

Que acumulen todo bien material,
que transformen a las almas perdidas
en mercancía para sus intereses;
que esclavicen las vidas de aquellos
cuya voluntad sucumbe al exterior;
que yo me haré fuerte y libre
en la inmensidad del alma.

Que llenen las mentes con veneno,
que al deseo lo llamen necesidad;
que abunden en todo cuanto me rodea,
los llamamientos al efímero consumo;
que no podrán nunca invitarme
a que posea más que mi propio cuerpo.

Si lo desean, que dejen morir al hambriento,
y que lo deje morir yo también,
mientras sepa que el mundo muere,
y que mi mirada no permanece impasible, 
mientras olvida luchar por vivir,
ante la humanidad sumergida 
en este eterno baño de sangre.

10 de noviembre de 2014

Tu voz dentro de un sobre

¿Qué es lo que crece en mí, indefinible como el aire,
que me hace buscarte en todas las miradas?

Desisto, de buscarle unas palabras,
aunque ahora, como siempre, me contradiga.

¿Cómo se muere en primavera?

Te quiero. Te espero.

No sé, hasta qué punto perdí la cabeza,
pero qué libre me siento desde que no la veo.

Y pasan las semanas,
tan rápido,
que me pesan como días,
como horas.

Si tan solo supieras,
cómo se muere en primavera.

Te quiero. Te espero.

Y hasta lo racional, lo correcto,
se me cuela como justificación,
mientras escucho la música.

La suya, la del Arco Iris,
repetidas veces,
para acallar mi silencio.

Porque en mi silencio te encuentro.

Y miro al mapa.

Y no sé si imagino que a la vez que te encuentro,
tú me imaginas encontrándote;
y no sé si soy un iluminado, con brillantes visiones,
o si una falsa esperanza me aleja de la cordura.

Y de la primavera.

Y de ti.

Te quiero. Te espero.

Y la noche pasa, como siempre,
tan oscura como tu ausencia.

Y mi esperanza sigue creciendo,
tan irracional, que parece cierta.

Y entonces te comprendo, 
y sólo con saberte,
aunque parezca absurdo,
me siento satisfecho.


5 de noviembre de 2014

Comodidades

Vivo con la angustia de que una explosión
de los electrodomésticos con los que convivo,
cambie mi estado y lo transforme en ceniza.

La calamidad de un accidente
me provoca terribles visiones.

Y no soy yo, solo el que se marcha;
a veces, se me aparece la figura de mi madre,
en el instante antes de que su coche colisione.

Y veo a mi abuela, caer desmayada en el baño,
y yacer sin el inabarcable alma ya sobre su cuerpo marchito.

En mi mente atemporal y siniestra,
habita un monstruo que alumbra la fatalidad.

Y quisiera tantas veces alcanzar la libertad
que me brinda la ventana y su dulce caída.

Mas no me atrevo, y sufro ante la idea de quererlo.

Es sobre estas teclas que tratan de expresarme,
donde vuelco todo el miedo que hay en mí.

He de volcarlo, pues de no hacerlo,
las garras del pánico me atacarían sin pausa,
y por contagio al mundo entero.

Es por ello que he de sentirme un afortunado,
por no saltar por la ventana;
por no ver en la realidad a mi madre sin vida entre el acero;
por no recibir la noticia del adiós de mi compasiva abuela;
porque los electrodomésticos con los que convivo,
no se hayan atrevido aún a alcanzar a mi hipocondría.

Y sobretodo, soy un afortunado,
y descubro que el baile de las estrellas me acompaña,
cada vez que tengo la posibilidad de olvidar la razón,
con el abrazo que me brinda el sol en cada mañana.

Es en la calma de lo que subyace al miedo,
donde mi alma vive tranquila.

3 de noviembre de 2014

NO INCITACIÓN AL TERRORISMO

Me explotaba la saliva en un grito de auxilio. A penas eran las doce de la noche en la Plaza del Dos de Mayo, algunas niñas rechazaban su cariño por una bolsa de chucherías. Ya me encontraba borracho. Había fumado hachís y el mundo olía al dulce aroma de los vagabundos. Jaime asomaba por la ventana y pedía un mechero para encender el canuto de griffa, como así lo llamaba Leopoldo María, y como así la probaron tantos otros en todas las llanuras de mala sangre y peores hábitos. ¡Vivan, vivan los tesoros! Los barbudos bajan por las paredes persiguiendo mi esquizofrenia. Y los encuentro tan cómplices con lo que denominan en mí como razón. ¡Viva la música de Novák, por sonar de casualidad en esta habitación desahogada! Me voy a dormir, o a no hacerlo, porque no quiero seguir escribiendo.

Al despertar, a la mañana siguiente - ¡al Diablo! - pensé para mis adentros, mientras saltaba de aquel colchón desnutrido sobre el frío suelo de mi habitación. Los periódicos salían anunciando en su cubierta una reunión que cambiaría el mundo para siempre, o lo que es peor, que lo mantendría igual una vez más. Un grueso número de politicuchos, banqueros y amorales empresarios de las grandes corporaciones se reunirían aquel día para comer en un conocido restaurante de la capital. Allí, entre bocados de langosta y botellas del más caro champán francés, discutirían con superficialidad sobre el nuevo paquete de medidas que adoptarían para someter aún más a sus súbditos sin educación.

Y ahí supe, por fin, que aquel sería el día en que acabaría con sus sucios hábitos, y los borraría de las portadas de los periódicos, y de los comités de dirección y propaganda, que tanto asfixiaban los platos semi-raquíticos de todos los ciudadanos que perdieron la vida por trabajar, y por conseguir aquellas comidas de la vergüenza; y sus sopas de ajo, y arroz con patatas, serían sustituidos alguna vez, por aquellas langostas que degustaban los supuestos patriotas.

Me vestí de negro, como anunciando un luto, y tomé mi café mirando por la ventana, como cada mañana. Pero aquella no sería una mañana cualquiera, no para mí, ni para aquellos cadáveres que preparaban con ignorancia sus baberos para la que sería su última comida.

Al salir a la calle y enfrentarme con aquel sol de octubre, recordé que la noche anterior había estado bebiendo. Pero no, ese malestar en el cráneo no me detendría. Tenía un propósito, un noble fin con el más primario de los medios: el asesinato. Y nada lograría impedir, en aquella mañana que se antojaba normal para el resto del mundo, que suprimiera para siempre del mapa a aquel grupo de masones y ladrones sin escrúpulos, que habían hecho de nuestro planeta un lugar cada vez más hostil.

Llegué a la casa de mi amigo Lev Davídovich sobre las doce de la mañana. Me abrió la puerta en albornoz, con los ojos hinchados por el insomnio y el café, mientras sus incontables gatos maullaban, y se asomaban a la escalera de aquel edificio a medio tirar del barrio de Aluche. Me hizo entrar rapidamente, tras lo cual miró varias veces sobre el rellano buscando la mirada curiosa de algún vecino sin televisor. Sin mediar palabra, caminamos hacia el salón de persianas bajadas y un desorden propio del que fuera un antiguo mercenario ruso en conflictos del África meridional, que nunca fueron de importancia para mis compatriotas occidentales y sus medios de descomunicación. Y ahí estaba ella, la pequeña ametralladora UZI que Lev Davídovich me había conseguido para la ocasión, a través de uno de sus numerosos contactos del mercado negro de armas de la gloriosa capital. La sacó de su caja, que contaba más años que yo, y me enseñó cómo cargarla, cómo quitar el seguro, y finalmente, cómo disparar a matar. Sus gatos se restregaban contra mis piernas, como brindándome una respetuosa despedida hacia el más allá. Pero yo no creía en eso, yo sólo creía en lo que era capaz de ver y tocar con mis manos, como la miseria que ese grupo de muertos había causado a todos mis con-ciudadanos, que no tenían posibilidad alguna de coche lujoso, o de prostitutas de tres cifras, o de comidas en aquellos restaurantes donde se tramaba el destino del mundo, que hoy sería su cementerio.

Salí de allí con la pequeña ametralladora en el interior de una bolsa de una conocida cadena de supermercados, camuflada entre nabos y apios, que me dotaban de un color cotidiano y fuera de toda sospecha. Me subí al autobús que me llevaría a aquel restaurante del Paseo de la Castellana. Y allí estaba, sentado junto a todos aquellos que me tomarían por héroe, y que no se escandalizarían al conocer la noticia de la masacre que estaba por perpetrar, ya que con mi sublime acción, les liberaría para siempre del yugo del opresor, que les asfixiaba con su ignorante consentimiento. Pero entonces dudé, precisamente al preguntarme si a toda aquella gente trabajadora, no les resultaría una atrocidad la muerte de quiénes les gobernaban desde la sombra, con sus contratos familiares, y sus favores de amigos basados en el dinero, que no pagaban, como cualquier pobre ama de casa, sus solidarios impuestos. - ¡Pero qué importaba ya! - dijo una voz en mi interior - ¡Qué importaba si todos aquellos semi-muertos, que olvidaron vivir por una rutina, y por un sistema que tomaron por justo, qué importaba si no aprobaban mis métodos! - Yo les iba a liberar de aquellos parásitos con trajes más caros que sus sueldos, iba a liberarles de aquellos que esclavizaban sus vidas; y no, no necesitaba reconocimiento alguno para comprender la grandeza de mi misión.

El autobús se detuvo a la altura de la Plaza de Cuzco. Salí del aparato y crucé al otro lado de la avenida con mi bolsa de apios, nabos y ametralladora. Caminaba con gesto triunfante en mi rostro, como sabiéndome ya victorioso, por haber encontrado por fin un propósito noble en mi vida sin horizontes.

Al llegar al restaurante, dos chulos vigilaban su entrada. Los coches oficiales, con sus escoltas y cómplices, aguardaban junto a la entrada, en un callejón próximo, mientras fumaban sus cigarros y reían ajenos al baño de sangre que estaba por llegar. Pasé de largo frente a ellos, y junto a los conductores y sus vehículos tintados en el callejón, hasta detenerme bajo la puerta trasera de aquel restaurante, donde se apiñaban las cajas de marisco ya consumido, y que a la noche servirían de banquete para los que no tenían tantos contactos, o tantos billetes, para degustar aquellos bocados del Mar Cantábrico, que no les pertenecían.

Entré por la cocina, con mi bolsa cargada de nabos, apios y ametralladora, y los trabajadores que allí luchaban contra el calor de los fogones por servir un digno plato a sus comensales de etiqueta, no dieron cuenta de mi presencia, discreta, y quién sabe si real. La puerta giratoria que daba al comedor se balanceaba como la de un viejo bar del Oeste americano; el camarero iba y venía, con piezas de paladar exquisito, y botellas de champán y vermut, y cajas de cigarros habanos, y sobres con dinero. Y allí los vi, sentados sobre una gran mesa redonda, con varios escoltas vigilantes sobre las mesas aledañas; y comían, y bebían como auténticos cerdos, riendo y soltando pequeños trozos de oro negro entre sus dientes sanguinarios y avaros. Y allí estaban, regocijándose en su abundancia, sin ninguna percepción de toda la miseria que se amontonaba a las afueras de aquel restaurante, y que obligaba a las simples personas a prostituir su existencia por servirles a ellos, y a lo que sus ansias de dinero pudieran dictar.

Y yo no podía más; quería salir ahí, y dispararlos hasta aquella muerte que tanto temían; quería apuntar directamente contra su falta de verdadera fe, sobre su soberbia de saberse amos del mundo, antes de que llegaran al postre y decidieran reírse en la cara de todos nosotros, los que para ellos trabajábamos sin saberlo, más como siervos mecanizados, que como supuestos asalariados.

El camarero entró de nuevo por aquella puerta giratoria, se detuvo y se quedó mirándome. - ¿Qué haces aquí, muchacho? - me preguntó mientras sostenía su bandeja con restos de comida, que bien podrían haber servido de alimento para cualquier niño muerto de hambre en aquella África en guerra. No respondí nada, pero sentí en el interior de mi bolsa el peso del metal fundido para la muerte, y sentí cómo me llamaba, y oía cómo reían aquellos cadáveres en el salón, mientras ponían su dinero a salvo, y pactaban para acumular más y ser más poderosos, y tener más yoqueséquécosas, que tan felices les hacía.

El camarero, de pronto, estaba junto al resto de cocineros, y todos en silencio me miraban, mientras uno de ellos salía por la puerta trasera y parecía llamar a los chulos que había junto a los coches; y el metal del interior de mi bolsa temblaba y me llamaba, me suplicaba que acabara con toda esa farsa que reía gozosa entre cabezas de langosta muertas para la causa.

La bolsa se deslizó hacia el suelo entre las yemas de mis dedos, y los nabos y los apios caían, pero no la UZI que agarré con mi mano izquierda ante el asombro y los gritos de los que se encontraban en aquella cocina; y atravesé las puertas giratorias que me recordaban a las del Oeste americano, y me dirigí hacia aquella mesa, donde esos señores reían, y fumaban y bebían, y no eran por fin hipócritas, al poder mostrarse tan monstruos como eran entre compañía semejante. Y al escuchar los chillidos aterrados que provenían del interior de la cocina, los cadáveres me miraron con el rostro de la muerte. Y sus escoltas se llevaron las manos al interior de sus chaquetas, mientras se alzaban, protectores por dinero, con la intención de dispararme. Pero sus balas sólo empezaron a alcanzarme cuando mi ametralladora disparó contra el último de esos cerdos, que caían como los desnutridos del continente olvidado, o los parásitos del suyo propio, sobre las cabezas de langosta, muerta con anterioridad, para servirles el gusto que a mí me servían las cuencas de sus ojos sin vida, y su alma que me miraba tan ausente, como lo estaba antes de que las balas nos enterraran a todos.

EL INCESTUOSO BESO

Tuve un sueño en el cual perseguía a quien era yo en la infancia, y correteaba por un jardín junto a otros niños, con mis gafas rojas y mi melena rubia cortada al estilo de los noventa. Y mi niño no quería verme, no quería saber nada de mi. Yo, cada vez más exhausto, le veía mirarme, y veía su rostro enfurecido, y conocía la causa de su enfurecimiento mientras corría y corría sin darle alcance, sin más compañía en ese jardín, que ya no era verde ni alegre, sino un volcán de dolor y memorias borradas, que sólo osaban aparecer en los sueños.

En la espigada mesa que se estiraba sobre la terraza, frente a aquel jardín sombrío, afloraban las sonrisas y los comentarios complacientes entre señores y señoras de etiqueta, con quienes ningún parentesco me unía; y ahí estaban, sí, los niños sentados a la mesa, jugando y tirándose la comida los unos a los otros, y sonriendo frente a las palabras vacías de sus padres, que escupían apariencias y engaños como culebras atrapadas en burbujas de odio. Pero en medio de aquella mesa, justo en el punto que delimitaba a los niños de los que renunciaron a su niñez, nos encontrábamos mi hermana Juana y yo, y Juana tenía la piel suave y los codos al aire apoyados sobre  el mantel. Ambos mundos parecían quedar fuera de aquel cristal protector; como si la mirada que nos servíamos sobre aquella vajilla, formara una elipsis entre el mundo de la inocencia pura y el de la inocencia ya corrompida.

Entonces Juana se dejó llevar por la cabeza, en un sentido totalmente no metafórico, y su cuerpo le siguió por encima de la mesa de mantel blanco impoluto, y Juana se acercó hasta mis labios, y los míos se dejaron llevar por el efecto que causan los polos opuestos cuando se hayan cerca, y se besan entre dos mundos, con sus lenguas escapando de la frontera de sus labios, y recorriendo sus mejillas, y la parte superficial de sus párpados. Nuestras lenguas se perseguían, y se frotaban entre nosotros las gotas de agua divino, que al contactar con las lujuriosas carnes, se evaporaban en pequeñas partículas que sobrevolaban la mesa y caían sobre la cara de los niños, que seguían jugando, y se nivelaban hacia el  lado opuesto de aquella madera repleta de comida; y las pequeñas partículas caían sobre la carne decrépita de aquellos señores y señoras sin parentesco, pero que sin embargo eran nuestra familia, y detuvieron sus conversaciones absurdas, y callaron sus impulsos de hambre grasiento y podrido, y se quedaron de piedra antigua, mientras el crujido de sus cuellos sonaba por todo el jardín, cuando nos observaron devorándonos las caras, sobre aquella mesa que separaba aquellos mundos tan opuestos, y con repulsiva atracción hacia el peor de los polos.

Los viejos se indignaron y comenzaron a chillar y a discutir sobre ellos y a lanzarse reproches; y los niños detuvieron su juego al observar a aquellos señores y señoras, que gritaban todo su odio sobre lo que olvidaron tiempo atrás. Juana dejó de besarme, cuando uno de aquellos muertos la agarró por el brazo, y apartó sus labios de mi curiosidad. Y gritaron - ¡Incesto!, ¡Incesto! - con sus caras al cielo, como repitiendo un mantra que sólo ellos podían digerir, o como si un cortocircuito se hubiera adueñado de aquellos cuerpos acostumbrados a pudrirse. Y Juana me miraba, con mi saliva todavía posada sobre sus mejillas, y los demás señores y señoras recogían a aquellos niños, que empezaban a comprender lo difícil que sería volver a jugar como antes.  

LECCIÓN DE LIBERTINAJE

Había terminado de leer el tratado sobre libertad sexual que dejó escrito el Marqués de Sade en su Filosofía del Tocador, desde un banco de un parque cualquiera del Barrio de las Letras, cuando algo se apoderó de mis piernas, que cerraron aquellas páginas propagandísticas, y caminaron por la plaza de Santa Ana hasta el interior de una tienda de alimentación. Como era de esperar, había una china detrás del mostrador que miraba totalmente absorbida una serie de televisión protagonizada por sus con-ciudadanos. Me preguntaba qué era lo que hacía yo, detenido en mitad de aquella tienda, cuyo aire acondicionado sólo expulsaba calor húmedo y bochornoso, como recreando los arrozales del Sur de la República Popular; y no podía entender por qué mis piernas se encontraban clavadas en aquel suelo de granito, si no tenía voluntad, hambre, o dinero para comprar ninguno de sus productos de fácil adquisición. Y de pronto, apareció por aquel pasillo la ilógica razón que me había llevado hasta allí, tras finalizar la lectura del proceso de Eugenia por olvidar su moral burguesa y entregarse al deseo.

Y así la llamaré a partir de ahora: Eugenia, aunque su verdadero nombre debiera ser algo con más vocales y más uvedobles, y desde luego, mucho más monosilábico y oriental. Eugenia me miraba con sus ojos de tigre de mil siglos, detenida frente al estropeado, o nunca estropeado, equipo de aire acondicionado. Allí estaba, detenida como yo, sin encontrar el motivo por el que sus piernas la habían llevado hasta aquel punto, hasta ese extremo del espacio y del tiempo, donde yo luchaba por devorarme los deseos más ocultos, más animales, más inmorales para la gente digna que se hace llamar normal.

La madre de Eugenia aún observaba la serie de sus compatriotas en aquel pequeño y cuadrado aparato de televisión que había cruzado el mundo con ella veinte años atrás. Y la pequeña miraba a su madre, como buscando en ella la explicación a sus piernas de estatua, que frente a mí se erguían desnudas hasta entrar por el Sur de un delicado vestido de flores.  De pronto, un arrebato se apoderó de mi cuerpo y agarró por el brazo a la pequeña Eugenia, que sin emitir sonido alguno, se dejó arrastrar al exterior de la tienda de alimentación.

Y caminamos por la Calle Huertas, con la sensación de que algo terrible iba a suceder, algo sudoroso y sangriento, como un terremoto entre dos continentes, entre dos razas, entre dos mundos que se amaban sin saberlo. Llegamos por fin al callejón, y Eugenia seguía sin mostrar atisbo alguno de miedo o de terror, como si sus piernas caminaran sometidas por la misma fuerza que a mí me movía. Y solté su mano, para sacar las llaves del zulo en que vivía, sin importarme que a la pequeña y virgen le horrorizara la grasa que cubría los muebles, porque ella, como yo, se encontraba ahí para realizar algo más sucio que las paredes de mi decadente residencia.

Al entrar, detenidos frente al roído sofá que heredé de un familiar jamás visto en vida, Eugenia me miraba como si su rostro nunca hubiera tenido intención de nada. Entonces, aquella fuerza que me perseguía desde que leí la última página de aquel libro de Sade, se apoderó de mis manos y me dejó desnudo antes de que fuera capaz de impedirlo. Y Eugenia me miraba, y entonces sí, en sus ojos negros vi el deseo, vi la infinita profundidad de todos los agujeros negros, y de todas las lagunas de todas las mentes que fueron demasiado cobardes para no admitir sus instintos más primarios. Y Eugenia comenzó a desnudarse, frente a mi cuerpo de pose ridícula y vencida a cada botón que ella abría sobre su fino vestido de flores, que dejó caer al suelo mientras la líbido crecía entre mis piernas. Y Eugenia se desabrochó el sujetador, y dejó al descubierto sus pechos, que no debían contar más de quince primaveras, y bajó sus bragas de encaje liberando al dragón rizado que protegía aquel clitoris inmaculado y libre de cualquier fuerza no divina. Pero era Dios, o debía serlo, lo que se posaba entre el aire que nos separaba, y que acariciaba nuestras pieles embrujadas para la lujuria. La dulce Eugenia, la delicada creación nacida en las tierras de España, hija del mundo globalizado y sucesora de sabidurías milenarias, se puso de rodillas a la altura de mi cintura, y chupó mi verga erecta, como sabiéndola creadora de vida en primera instancia, y la estrujó con sus labios granates mientras sus manos acariciaban mis testículos y los masajeaban con sorprendente ternura. Entonces la vi, entregada a mi goce como si fuera el suyo, disfrutando de aquel instante como si fuera la existencia eterna la que la succionara a ella.  Y allí estaba por última vez, delicada y frágil, como un cerezo entregado al viento invernal y al cuidado de mi abatida soledad, que me obligaba a masturbarme en días menos mágicos que éste.

VIAJE A NINGUNA PARTE

Es en esta época absurda como todas, donde la facilidad para la distracción y la ausencia de magia se arriman en portales que estallan y se reproducen ante los ojos atónitos y siervos de una idea que ni siquiera es idea, sino simple esclavitud y prostitución de lo que pueda quedar de amor, de consciencia y de alma en los cuerpos vacíos de todos aquellos que escribimos en las noches, con los dedos sin yagas, y las palabras vomitadas en algo que no podemos doblar y tirar; observo desde la ventana:

En la calle sólo hay prostitutas y jóvenes, no tan jóvenes, que salen a tomar una cerveza y beben, y gritan, incluso insultan a las bien alimentadas señoras que les aguantan y cuyos padres bebían y gritaban, como beben y gritan hoy sus acompañantes patéticos.

Entre la plaza de Legazpi y la calle Lavapiés, decidió caminar William Alberto en busca de algo que llevar a la boca o a su polla hambrienta. Pasaba la medianoche y los demás borrachos apuraban sus botellines ante el incómodo sonido del televisor, que sería más incómodo todavía si estuviera ausente y obligara a aquellos viejos perros sucios a mentener conversaciones que nunca desearon tener, desde que nadie les escuchó en la  dura infancia. Seguro que no hablarían de su mujer, porque para eso estaban allí, para evitar tenerla en la mente, para evitar tener cualquier cosa en la mente, y beber de esos pozos de vidrio y olvido que tan bien sabían cuando no se veían forzados a prolongarlos calientes en el tiempo; y permanecer lejos de sus mujeres, y no aumentar la cuenta que el camarero ya no permitía estirar. William Alberto cruzó frente a uno de esos bares y sintió asco, sintió asco de todas aquellas vidas vacías, que bebían y miraban al televisor, como sabiéndose lobotizados y dejándose adiestrar gustosamente.

- Siempre fue muy dura la consciencia - pensó aquel sudamericano sin trabajo, y sin casa o afición, que sólo rezaba para que avanzara el tiempo y pudiera emprender su solitario viaje, como cada noche, hacia la puerta de algún garito de música latina, donde una mujer cualquiera lo abrazara y le chupara la verga; como si en ambas acciones, los dos amantes pudieran encontrar el cariño que les rechazaron de niños sus padres ausentes. Y entonces William Alberto recordó aquella vez, antes del verano, en que recorrió el mismo camino que hoy hacía, y recordó a aquella muchacha que se la chupaba por dinero a un chulo en un callejón sin luz ni acomodo. Y al recordar aquella situación, y cómo ella se la chupó a él después con oficio, antes de de que le reventara la cabeza contra el pico de una escalera por no pagarla, y por no escucharla gritar, y armar un escándalo para recibir su paga de  buena puta que había cumplido con su trabajo bien hecho; y recordaba como le molestaba en su cabeza, y como notaba el vacío de sus sentimientos en su pecho, que no le pertenecía; recordaba William Alberto el dulce sonido de la muerte, al cruzar frente a una iglesia que estaba cerrada, pero que él veía abierta y rebosante de viejos señores con caros abrigos, que entre el cruce del Paseo de las Delicias con la Calle del Ferrocarril, caminaban frente a un supuesto mendigo también imaginado, que en esencia era también William Alberto, y la puta a la que reventó contra la escalera, y los señores que miraban para otro lado por no entregar sus monedas, que eran suyas, antes de saludar a Cristo y a su recuerdo, tan sucio, tan tremendamente ensuciado, que bien podría haber sido recogido de los pies de la barra del sucio bar, donde William Alberto imaginó que caminaba de Legazpi a Lavapiés, o que escribía sobre un ordenador en la noche, o que era la puta muerta, o el supuesto mendigo, o el señor y sus monedas, o cualquiera que escapara al cerebro sobrio y aburrido del autor de estas palabras, que trata de capturar su imaginación, antes de darla por muerta.