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Mostrando entradas de enero, 2015

Nota de no-suicidio XVI

Le temo, tanto más a la vida que a la muerte.
¡Matadme!
Este poema me ha salvado.
¿Dónde está mi valor para morir?
¿Para vivir?
Esta pulsión ingobernable acabará conmigo.
Más pronto que tarde, que me maten los cuchillos, como en mis sueños, aquí lo pido.
Mamá, Nacho, Gonzalo, Padre, perdonadme.
Mas allá donde aspiro, os sé amar, mejor que vivo.
¿Dónde estará mi muerte?
A mi vida ya la he perdido…
Soy un muerto arrastrándose, que nunca hubo de haber nacido.
¡Muerte! ¡Muerte!
¡Te desafío!
Mi pena es ser mortal, aún siendo olvido.
¿Qué razón, pena y silencio, me impones con tu desprecio?
No hay peor rima que vivir y no haber querido.

Ruiseñores

¿Dónde están todos los que se enamoraron?
En la cautivadora piel de una ninfa sin nombre afloran los muertos en vasos de vino tinto.
Se muere la lluvia contra el suelo.
No recuerdo el color del frío ni si mis pies llegaron a sentirlo alguna de aquellas veces en que tú me abrazabas la noche.
¿Dónde está, por fin, la explosión final?
En mi ira no encuentro rocío ni aves sobre mi estanque y veo disueltas las verdes hojas que hoy me son desconocidas.
Se derrite la pasión en lento vuelo.
No sentí jamás dolor semejante, como la ausencia de tu dulce risa.
No callaron los ruiseñores, cada mañana, mientras tú no venías.
Y yo me iba...
Me iba...
Y me fui.

Viajero sin cuerpo

Miro a través de la ventana, y me pregunto:
¿Cuánta gente mirará a través de sus ventanas, como yo hago, observando el paso del tiempo, en la calle, sin saber que no están solos,  mirando a través del cristal, en esta tarde fría, como yo hago?
Y viajo a Sudamérica y me lleno de la miseria, de un joven que cabalga largos kilómetros, para acudir a una escuela sin futuro.
Y regreso a mi escuela, y a aquel patio de recreo, donde sociabilizar era una obligación.
¡Qué tristeza, la de aquel niño en silencio!
Las gotas de rocío, una noche más, me impiden escrutar el conocido horizonte.
El tedio me asfixia.
Y pienso en el cielo de aquella década, o más que una década, donde la música impregnaba los corazones secos.
Y miro al mío, latir convaleciente, aún por la pérdida que ya no me canta amor.
Si por lo menos pudiera compartir mi soledad, con aquel o aquella que mira a través de su ventana, sin saber que yo, tras la mía, le pienso esperanzado.
¡Si tan solo pudiera recibir su abrazo!
Las lágrimas ya sólo me rozan con …