Ahí estaba él, empedrado como una baldosa más. La pared de la cocina helaba, sin embargo no podía sentir el frio. La luz a penas le permitía reconocer la silueta de esos labios obcecados. Se acercaban como hachazos en la noche. Como dando bocados al tiempo. Frente a ella, resistirse parecía una utopía. Apretó sus puños y sus dientes, y procuró dirigir la mirada hacia un lugar seguro, allá donde no le encontrasen esos decididos ojos verdes. Los mismos que antes eran capaces de llevarle a la cama con un solo pestañeo, ahora se empleaban con más ahínco en su empecinada labor. Esquivó la primera embestida, pero ceder el cuello fue inevitable. Ella le mordía como si se fueran a acabar los besos. Eran las diez, y las agujas del reloj querían saltarse las horas. Nico lo tenía todo en contra. Amarrando sus labios a su rostro se dejó llevar hasta el sofá. Allí se encontró semidesnudo, con las piernas de Sofía impidiéndole cualquier escapatoria. Se esculpían a suspiros. Sus labios jugaban a no enredarse, pero sin perderse de vista. Llegó la segunda embestida. Entonces a Nico se le subió el frío desde donde lo tuviese olvidado. Recordó cuantas veces sus labios no alcanzaban a besarla, y la esquivó de nuevo. La hizo a un lado, levantó sus Levis desteñidos del sofá y encendió un cigarrillo que dejó atraparse. Sofía recogió su suéter y salió de un portazo. Nico miró por la ventana y sólo quiso cerrar los ojos.
De pronto los abrió como si acabase de entender la vida. Pero no fue eso. Tiró el cigarro al suelo, lo pisó y salió a toda prisa hacia la calle. Allí estaba Sofía, subida en su coche y poniéndolo en marcha. Metió la primera y aceleró rumbo a sí misma, con la intención de no volverse nunca hacia nadie más. De un salto, Nico se plantó frente al coche. Fue el pie de Sofía y no su deseo quién frenó. Él abrió la puerta, la cogió de la mano y la sacó del tirón más delicado que jamás hayan dado. Plantaron sus ojos frente al otro. Entonces sus bocas quisieron emularlos y se acercaron hasta rozarse con un "te quiero". El beso y la manera en que hicieron el amor esa noche, sólo lo podría haber evitado la razón, de dos corazones tuertos.