Epitafio

Llegado el día en que el fuego me cruze mortalmente,
cuando la llama del cambio incinere una nueva regeneración,
y el viento arrase mi nombre y mi cuerpo,
lo que quede de ambos,
lo arrojen al mar Mediterráneo,
donde mis pies encontraron el final de las olas,
justo dónde volvían a comenzar;
allá me arrastre la corriente y el olvido,
tranquilo por fin, devuelto al todo en cenizas,
y mi conciencia que habite nuevas fronteras
tras caer en remolino dónde no hay palabra ni lugar.

Que Plutón destape todas mis carencias al morder el fruto
disecado  de mi cuerpo en partículas de aire,
dispuestas a volver a cambiar.

Que Saturno me brinde una despedida gloriosa,
con el eterno descanso del que ya no piensa,
porque ya no es, singularmente,
sino que el pensamiento del mundo,
aquel que dibuja las nuevas conciencias,
es el experimento de si mismo sobre la marcha,
sin división en diminutos egos;
que suba la cabra a la cima
y se permita volver a caer.