No existen paraísos ni infiernos
más allá de la mente.
La del ser humano /que ni es, ni humaniza/
da por bueno el uso de armas entre sus hermanos.
Es la lacra de este mundo, nacida del miedo,
del desconocimiento de uno mismo:
el único lugar hacia el que no nos atrevemos a mirar.
De ahí nace el odio, la guerra,
el egoísmo de comer el primero.
No obstante, sí existe un lugar, un momento
nacido de la gloria,
en el que el ser humano se observa
y se gusta.
Existe un momento, un lugar,
comparable a la guerra en pasión y abandono
donde cuerpo y alma exhiben su unión y grandeza.
Existe un instante en el que somos capaces de amar.