Creo que en el último poema
que te escribí como si fuera el primero
no llegué ni a imaginarte.
¡Qué ojos!
Mas yo, con mi pose mística y absurda,
no pude más que seguir pensándote.
¡Y qué sonrisa!
Lamentable, es el hecho
de que te escriba estas palabras
de que te escriba estas palabras
al amanecer del sábado;
pues sólo con la sabia luna,
aflora lo que a mí no pertenece.
Como tus labios,
inquietante enigma y carnoso;
los besaría hasta desgastarlos.
Como tu piel,
suave hasta el inconsciente.
Brillo, sé que brillo,
después de verte.
Y tu melena,
andaluza y azabache,
me consume, en mar de ilusión.
Sólo me queda la almohada,
y tu dulce presencia,
que como aquella vez,
se aproxima iluminada.