Hoy has vuelto a aparecer,
raro es el día en que no lo haces.
Te paso la mano por la cintura,
sonríes, nos sentimos tan bien...
Caminamos... Nos miramos a los ojos,
como hace tiempo solíamos hacer;
espero no haberlo soñado también,
no, no puede ser, no lo he soñado,
¡es tan real!
tan real como las cicatrices
que adornan mi mano diestra,
que simbolizan lo incontrolable
que podía llegar a ser una mitad de mí;
mas ahora no, ahora todo mi ser se encuentra domado,
enmudecido, soñoliento y siervo absoluto
de tu divino recuerdo.
No tengo fuerza, no tengo ilusión,
y este lamento permanente,
desde que nos besamos por última vez,
ya no sé si es un acto de patetismo prolongado en el tiempo,
o si es simple y pura desesperación,
o si es mi amor, diluido, tras haberte dejado marchar.
Es casi tan ridículo, como lo era mi cara al mirarte;
eso me da ánimos, me hace sentir menos loco,
me da la razón en esta sinrazón inexplicable,
que se prolonga desde hace más de media vida,
cuando pedía a las estrellas, cada verano,
poder descubrir tu olor desde tu cuello,
y conocer el sabor de tus labios.
Ahora te imagino,
soñando desde la Baja California,
como yo te soñaba desde allí,
y amanecía en mar de lágrimas
por volver a tu lado.
Te imagino, observando las mismas olas en la distancia,
descubriendo la lejanía con todo cuanto fue noble y feliz,
y aún así, te imagino echando de menos,
la pasión que se nos desbordaba en cada gesto.
Y aquí estoy yo, imaginándote,
imaginando qué hacer con mi vida,
para seguir adelante, en cualquier dirección,
con la absurda esperanza de que la deriva
logre acercarnos una vez más.
A pesar de lo poco real que parece,
es la imposibilidad, la que alimenta mi realidad,
y mis sueños, y mi romanticismo,
que es tuyo,
ahora y siempre.