Como en una batalla
de trágico final para el vencido,
la vida pasa lenta y monótona
frente a mis ojos que ya no parpadean.
La resignación enturbia mis deseos
mientras éstos se revuelven inconformistas
sobre las tumbas de aquellos besos que no olvidan.
Y los árboles aún me sonríen
cuando al pasar junto a ellos
les hablo y comprendo como no puedo
hablar y comprender a los demás paseantes.
La línea de puntos suspensivos
se extiende interminable sobre el asfalto.
Mi vida quema, como en agosto,
aunque la lluvia caiga como balas
y el frío se acomode en mi garganta.
Esperar es el verbo más complicado
y el único que no me abandona.
Imagino, como sólo puedo imaginar,
un baile de pieles desnudas y manos evaporadas,
besos, ojos clavados y expediciones humeantes.
Imagino, porque sólo así no me limito,
las huellas de la belleza alrededor de mi cuerpo.
Pero a ella, a la belleza,
no alcanzo a verla.
Y así suceden los días, como pequeñas guerras,
en las que sigo un rastro inabarcable
entre conversaciones con vegetales
y miradas de jóvenes desconocidas.
Y la tragedia, todo lo cubre con su manto,
alborotada como aquellos besos
en aquella época
en aquel lugar
dónde imaginar no era necesario
y esperar no existía.
Hoy todo es distinto:
sé que muero con más certeza
de la que sé que vivo.
Y la guerra sólo acaba de empezar.