— Ella llevaba unas esposas en el bolso. A partir de aquí todo es menos emocionante. He decidido empezar por el final, por la anécdota graciosa, por el deseo que no fue. Siempre quise pasar una temporada en la cárcel. Lo consideré como el lugar idóneo en el que vivir sin gastos una nueva experiencia mientras mi reclusión física me obligaba a leer y a escribir. Sin distracciones. Como escapar del siglo veintiuno. Le dije que me las pusiera, y que hiciera conmigo lo que ella quisiera. Unas horas antes pudo observar cómo su amiga Ying quemaba con mi mechero mi dedo meñique durante tres segundos. Creo que fue eso, y no mis largos razonamientos socráticos sobre feminismo y lenguaje, o aquella vez en que le dije a Ying, cuando ella me preguntó cómo prefería que me hiciera daño, que quería que me chupara la polla hasta hacerme sangrar.
— Vaya. No esperaba que fueses por ahí.
— Déjeme continuar. Entonces, yo pensaba que llamé su atención, o más bien que desperté su instinto, cuando me ofrecí a su amiga para que me quemase con mi mechero. Pero Yang me dijo que prefería ser ella la que recibiera las órdenes. Le propuse que se pusiera las esposas, y que fuera yo el que dictase las normas. Y castigarla cuando las incumpliera tras celebrar un breve juicio en el que yo mismo sería juez, testigo, acusación y defensa.
— Ya veo por dónde vas.
— No lo creo amigo. Estuvimos besándonos, sentados en el suelo sucio, gris y hermoso de una calle cercana a Gran Vía. Le dije que me quedaría allí con ella mientras la luna llena, y bajo ella Marte brillando como una estrella, se mantuvieran iluminándonos entre los edificios. Luego le propuse ir a mi casa, y ella me dijo que no quería ir conmigo tras haber bebido.
— ¿Cuándo sucedió eso?
— Después le propuse caminar y seguir a la luna cuando dejara de darnos luz sobre aquella calle. A ella le pareció que mi propuesta requería mucho esfuerzo físico. Le dije que perseguir a la luna era la mejor proposición que jamás le había hecho a alguien. Después le ofrecí perseguirla en coche para que no resultase tan laborioso. Pero acabó rechazándolo por la misma razón.
— ¿Porque habías bebido?
— Eso es.
— ¿Y cuándo ocurrió esto?
— Antes de recogerle.
— Para el coche por favor.
— ¿Aquí?
— Sí, para aquí.
— ¿Paro aquí?
— ¡Pare el coche!
— ¿Así?
— ¡Basta!
— …