Rosalía: vanguardia, belleza... ¿y flamenco?




La descubrí como una continuación de Silvia Pérez Cruz, de la que adoptaba como propios su estilo, entonación, sentimiento y hasta su productor, el moderno y sofisticado Raül Refree. Con su álbum debut (“Los Ángeles”, 2017) demostraba que tenía voz y amor flamencos, que conocía el género y que podía cantar como una de tantas cantaoras a las que admiraba. Pero las canciones, el proyecto, incluso la época no eran del todo suyas, por lo que decidió embarcarse en un viaje arriesgado y vanguardista, en el que su voz y sus ideas estarían en primerísimo plano, como centro y símbolo de su trayectoria personal, de su generación milenial y de la nueva fuerza femenina. 

Con “El mal querer” (2018), Rosalía ha sido capaz de poner la guinda a sus largos años de estudio y formación, y ha aunado en un disco los dos pilares del nuevo arte del siglo XXI: hacerlo entre amigos y hacerlo en más de una disciplina. A eso ha sumado algo fundamental para que un proyecto pueda ser llamado artístico: que sea personal y novedoso, que emocione y hable desde la verdad. Y por el simple hecho de ser una mujer de éxito no debería bastar para ponerla en algún lugar representativo del movimiento feminista, pero ha sido la elección de la temática de su álbum, la historia “Flamenca” del siglo XIV, que trata el tema que da nombre al disco, ese ideal de amor romántico en el que se ha de sufrir para amar, cuando el amor es ante todo alegría, libertad y gratitud, la que realmente la ensalza como espejo, desde la humildad y la fuerza, del lado más legítimo de dicho movimiento.

Rosalía ha abandonado el flamenco en este disco, pero se ha quedado su liturgia, sus ritmos y su esencia. Es un disco que camina entre la experimentación de sonidos urbanos, los estribillos de la música pop y el aura de un pasado flamenco, que sin embargo logra colocarse en primera fila sin llegar a serlo. Esto supone una revolución: reivindica las raíces españolas que tan exportables han sido siempre al resto del mundo, poniendo nuestro exotismo racial en un lugar desacomplejado y dispuesto para la admiración de nuestros vecinos angloparlantes y de nuestros hermanos latinos. El pop americano y el reguetón caribeño se han rendido ante esta mezcla auténtica y moderna de música urbana, heredera del hip-hop y actual dominante de la escena musical mundial.

Camarón fue tachado de traidor y otras lindezas con su disco-obra-maestra “La leyenda del tiempo” (1979) y posteriormente el gran Morente fue mirado con sospecha —aunque en menor medida, tras el camino abierto por el de San Fernando— después de firmar aquel “Omega” (1996) con Lagartija Nick. Hoy los dos, con permiso de los clásicos —que siempre lo serán— son los máximos exponentes del flamenco moderno, aquel que aún se escucha de una forma mayoritaria, pero a la que las nuevas generaciones nacidas a partir del año dos mil comenzaban a no tener en cuenta.

Rosalía
no se puede comparar con ellos en términos de estilo, pues su ámbito no es el flamenco —aunque su voz no se quede muy atrás—, sino más bien la música urbana,  pero sí se le debe reconocer la valentía de girar nuevamente la rueda del flamenco, que desde entonces parecía oxidada y falta de ideas, y de traer las raíces de la “más alta de las artes” —o al menos de las músicas, en la humilde opinión de quien escribe— a la realidad del nuevo siglo, de llevar el nombre de España por el mundo, de arriesgar y buscar su autenticidad mediante mucho trabajo e indudable talento y de ser capaz de generar movimiento, en los corazones y las mentes, a favor o en contra, enamorados y espantados, de todos aquellos que formamos una comunidad que ama la música y que necesitaba ferozmente nuevos estímulos para continuar la senda del amor, que es de lo que va todo esto, del amor a estar vivos, vibrando, sintiendo, recibiendo y dando lo abstracto en la belleza que todo lo impregna, pero muy especialmente en las obras de arte como la que trata este texto.