Mi espera es trágica.
En ocasiones, una nube de cinismo
puebla mi sonrisa y se extiende hasta mi rutina.
Hace tiempo que no salgo de casa,
por lo menos no a la luz del sol.
Esta vida me quema, pero sólo al quemarme
me siento vivo.
Sé que hay gente ahí fuera,
gente que a veces sonríe,
pero que también tienen sus penas y todo eso.
También es una palabra que no soporto,
todo es tan único,
y sin embargo no deja de ser lo mismo.
Mi familia es la soledad.
Sé que espero algo,
pero todavía no acierto a adivinar de qué se trata.
A veces tengo tanta fe en aquello que nunca conoceré,
como me encierro en mis ojos enfurecidos,
que cansados niegan hasta lo que han alcanzado a ver.
Soy un despojo de mis sueños,
un vago retrato de todo lo que he imaginado.
Y todo aquello, se encuentra muerto,
junto a mi voluntad y mi apego.
Tan muerto, tan profundamente disuelto en la nada,
que ya no tengo propósito de tiempo.
Que venga, que pase lento y me deje sus marcas,
que muerda mi inocencia y la pisotee hasta que nada quede.
Estoy cansado hasta de la idea de sucidarme.
Espero a que pasen los días y me gusta beber.
Si por lo menos pudiera hacer cine,
hacer cine sin tiempo para pensarme,
para hablar de mí, o de lo que no soy;
guión tras guión, rodaje tras rodaje,
y montañas de dinero, y parásitos interesados
en mi efímero triunfo.
Sólo así le encontraría sentido a esta farsa
a la que nadie me invitó.
Sólo así, o amaneciendo
y pasando día tras día en cama con ella.
Pero ella tampoco está.
Espero que por lo menos sea feliz,
en aquel rincón que no existe,
pero que yo imagino,
con mi inocencia, mi voluntad y mi apego.
Y mientras asimilo que no volverá,
que mi gran obra es consumirme entre buitres
y algún plano bello;
transmuto como el tabaco entre mis dedos,
que tampoco soy yo,
pero también.