Agorafobia

Cada parte de mi cuerpo
que está encogida y asustada,
que fue violada en trauma,
reprimida, débil y escondida,
me pide ayuda,
me suplica clemencia,
me lleva hacia el sol.

Mis dedos comienzan a arder,
se convierten en polvo, suben en espiral,
me disuelvo con el silencio;
baila una luz entre mis nervios,
mientras mi sangre derrama angustia.

Abiertos los ojos,
abrazado lo que se posa frente a mí;
lo que agarrota mi espalda,
lo he invertido.

Mientras escribo, suenan los Kinks;
yo me disuelvo en un mar de espeso humo.

Bailo y canto y callo
sentado sobre mi silla,
bizarra como lo que me agita
en palabras secretas.

Sé que fuera me espera algo,
he alcanzado a intuirlo.

He decidido no creer nunca más
en lo que dice la maldita caja,
ni en sus malditas ondas
que absorben la inquietud.

Sin embargo, y pese a haberlo intentado,
soy incapaz de pisar un pie ahí fuera;
sólo al calor de la noche,
¡oh, sí! ¡la dulce noche!, soy capaz 
de entregar mi cuerpo asustado
a la falta de sensibilidad
que ocupa las calles de esta ciudad,
o de cualquier otra.

A cambio, al caer el manto que dibuja a la luna,
ella me entrega su bebida y su abrazo,
y me da conversación
bajo la luz de una farola,
que no me molesta demasiado.

¡Y ahí si, canto y río y bailo,
con mis amigos, los gatos!

¡Y con mis vecinos y mis hermanos,
los mendigos, que sonríen también 
y piden pequeños tragos de ron!

Cómo añoro el Dos de Mayo

Aquí dentro,
mientras el sol asoma por la ventana,
y mis huesos respiran convalecientes,

yo, no sé quién soy.