Melancolismo

Hoy hace un cielo gris y calmado;
el viento acaricia mi piel como a los árboles,
sin distinción alguna entre nosotros.

Me reconforta, con su leve abrazo,
como el que yo no me brindo,
ni me permito brindar a los demás.

Bailan en mí, las hojas secas,
como mi corazón humedecido.

Y yo me pregunto, en esta mañana
que ya es tarde, cómo hacer para morir
suave y dulce como el otoño.

Soy una burla de mí mismo;
mi alma sangra cual tormenta,
y como rayos mortíferos, 
me atraviesan las dudas.

Y pienso, y me pregunto,
¿qué es a lo que no me entrego?

He visto, al salir la noche,
a la ciudad vestida de luces
recibirme con honores de príncipe.

Pero me he embarrado;
he bajado del cordel que nunca tuve,
he paseado mis cansadas piernas
por el lodo que cubre la desgracia
que ya no me sorprende.

Soy un condenado,
un hombre de fe sin creencias,
un científico, con el más sofisticado laboratorio
y nada con lo que experimentar.


La tarde va cayendo, gris y calmada;
mi pena, que es sólo mía,
me devora decididamente.