He escrito mucho. Tanto que ya podría morirme. Por lo tanto, y pese al tapón generacional de Marías y Revertes, me considero en una posición de poder opinar. Desde la movida catalana, —octubre— he comenzado a interesarme por España. A los dieciséis fui fascista, luego jipi. Ahora, ya como escritor, he vuelto a interesarme por el concepto de mi nación. Dicen que los rusos y los españoles somos los únicos que nos preguntamos qué es nuestro país. Y da la causalidad de que mis escritores favoritos son, bien rusos, bien españoles. Vallé-Inclán es mi hermano. Como antes lo fue Federico, y posteriormente el ibérico y pro-anglosajón Fernando Pessoa. Malditos traidores portugueses. Si entre hermanos no nos hubiésemos matado —qué cosa tan hispana— habríamos controlado lingüística y culturalmente el mundo. Pero echamos a los judíos —la pela— y dejamos el comercio a ingleses y holandeses —los piratas—. Quisiera poder hablar de España y señalar mi tendencia de izquierdas. Sea lo que sea eso. No me fío del gran capital, ni de las fortunas hereditarias, ni de las monarquías, ni del desperdicio de producción o del mar de plástico. Pero tampoco me fío de La Sexta, El Diario o de Juan Carlos Monedero cuando abandona su honestidad para teletubear su dogma. Creo que debemos aceptar lo que somos, y cambiar lo que no nos guste en nosotros. Pero no creo que eso se resuelva en una cuestión estética o genital, por mucho que lo externo abarque nuestra identidad. También creo que la familia es el primer refugio del humano social, y el último hogar de seguridad y acompañamiento que nos brinda esta sociedad despersonalizada y de fácil etiquetación. Además, y por si no fuera poco, quiero que Pablo —Harvard— Casado gane las primarias del Partido Conservador, el PP. Que por cierto, son otro buen efecto de Podemos a nuestro sistema legislativo, y a su vez, son las elecciones internas de los partidos pseudo-representativos más democráticas, plurales y abiertas que ha habido en nuestro Estado hasta esta fecha. Qué aburrido es cuando el Gobierno no me da bochorno; por muy superficial y teatrero que sea, no me da vergüenza ajena. Al menos no más que cualquier otro Gobierno. Los escritores españoles que admiro —todos muertos— hablaban de su país con amor y crítica. Porque la crítica sólo se puede hacer desde el amor. Lo demás es prensa rosa. Mi país es mi madre, mis hermanos, la ciudad de Madrid —que es mi jardín—, España, Europa, el Planeta Tierra, el Sistema Solar, La Vía Láctea —Calle Velarde— y este Universo. Y los artistas que admiro. Y mis amigos y amigas. Y les feministas. Y hasta las machistas y los hembristas. Incluso la gente que trabaja para Telecinco. Mi patria eres tú. Y las madres que meten a sus hijos en una barca de mierda para cruzar el Mediterráneo buscando un lugar que es mejor, pero que también es terriblemente hipócrita e inconsciente. Soy de Izquierdas y agradezco enormemente todo lo que tengo. Entre lo que tengo, está haber nacido en España, tierra de mestizaje, abstracción, arte, ironía, disfrute, amistad y Sol. Arturo, Javier, si llego a vuestra edad con vuestro reconocimiento y pagas, y me permito tutearos, por favor, que estas palabras recuerden a quien venga detrás, que me calle de una vez y deje mi lugar a entes más frescos.
